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Cuentan que la retórica nació en el seno
de la cultura griega clásica: Un maestro aceptó enseñársela
a un alumno y se comprometió a no cobrarle nada por sus clases si éste
no ganaba su primer caso. En aquella época, los oradores eran, a la vez,
abogados y eran denominados sofistas. ¿Qué hizo el alumno para eludir
el cumplimento de este pacto? Demandó al maestro alegando que nada le debía:
Si el tribunal le daba la razón, se saldría con la suya y si perdía
el caso tampoco tendría que pagar. ¿Respuesta
del maestro? Para él, la situación era justamente la inversa: Si
el alumno perdía el juicio, debería pagarle por obediencia a los
jueces; si lo ganaba, estaría obligado a atenerse al contrato privado.
Centrar la atención en cuál de los dos tenía razón
es no haber entendido el quid de la cuestión planteada: La perturbadora
sospecha de que cualquier juicio es posible y que su viabilidad depende especialmente
de la habilidad del que lo propone y no de su mayor o menor relación con
la verdad, recurso tan invocado como inalcanzable para los humanos; pues, lo único
que está a nuestro alcance es hacer «propuestas de sentido»,
tesis acerca de cómo interpretar la realidad, es decir, cómo pensar
y cómo vivir (al margen de la tentación del mito metafísico).
Si esto es plausible, toda comunidad humana
está condenada (por lo dicho y por su propia incuria) a ser guiada por
un reducido número de líderes (del inglés "to lead": dirigir,
llevar, mandar) lo que no deja de implicar un alto riesgo para ese grupo y para
el resto de la humanidad (la palabra alemana "Führer" significa guía);
pues, será una reducida élite la que decidirá qué
objetivos y valores deben ser considerados esenciales por todos esos hombres y
se estará siempre a un paso, dado o no, de considerar que los disidentes
(internos o externos) no son «viables» (tolerables, políticamente
correctos) desde la perspectiva de tal pensamiento único, totalitario.
Tal minoría dirigente emplea una estrategia
de dominio que pasa por diversas fases: Es fácil comprender que al principio
se impone simplemente por la fuerza; pero, con el tiempo, la economía de
la violencia se impone y es la persuasión la que desempeña el papel
principal en la organización de la sociedad. Históricamente, la
palabra fue el primer instrumento de manipulación (Goebbels decía
que una verdad es una mentira repetida el número suficiente de veces),
pero, ahora estamos en la era de la comunicación; los procedimientos son
más complejos y sus efectos más amplios (a estas alturas, resulta
superfluo comentar la acción de la propaganda, comercial o política,
en el moldeado del estilo de vida de la humanidad). Por
una parte, se cultiva con el máximo interés la imagen (del latín
imago: Representación, retrato), es decir, de un sucedáneo de cada
persona pública que es todo lo que se pone a disposición del ciudadano
para que tome decisiones tan trascendentes como elegir a los políticos
que lo han de representar (en cuanto a la ambivalencia del término representar,
basta remitirse al barroco y rememorar que era costumbre entonces que los políticos
tomaran clases de interpretación de los actores. Actualmente,
esta tendencia se ha impuesto hasta tal grado que alguno de éstos últimos
ha alcanzado cargos políticos de la máxima importancia). Por otra,
el mensaje es difundido mediáticamente, lo que impone un distanciamiento
suplementario entre los hombres de la calle y los administradores de los asuntos
públicos que «trabajan para ellos». Es decir, nos hayamos inmersos
en la sociedad de la información, donde la unión del ámbito
mediático en que vivimos con el desarrollo creciente de las nuevas tecnologías
de telecomunicación permite que cualquier consigna acceda a las personas
incluso dentro de su propia casa. En tal contexto, hay que preguntarse qué
es estar informado. Según Aristóteles,
la «in-formación» es la impronta resultante de la influencia
de algo en un sujeto. Dicho de otra manera, informar puede también considerarse
«con-formar» (en más de un sentido, por desgracia) al sujeto
paciente del mensaje de acuerdo con la conveniencia (intereses) del informante
(parece que a Claude Shannon, uno de los pioneros de la teoría de la información
no le importaba el mensaje, sino la mera capacidad técnica del canal de
comunicación). No puede decirse lo
mismo de los que controlan actualmente hasta los índices de audiencia).
Todavía queda otro problema a considerar: La información, incluso
vista desde la perspectiva menos disidente respecto al sistema vigente, exige
cumplir un requisito para ser útil al que la recibe (y no a quien la emite),
a saber, ser fidedigna. ¿Cómo
garantizar que el que comunica algo sabe lo que ha sucedido y es imparcial en
su modo de transmitirlo? ¿Cómo saber a qué intereses puede
convenir hacernos saber algo (mejor dicho, una determinada versión sobre
un "hecho") o hacerlo en un momento determinado en vez de dejarnos en nuestra
«ignorancia»? ¿Cómo
escapar a la lógica inherente a la actual estructura de propiedad de los
medios (¡¿sociales!?) de comunicación (que nunca critican
a otras empresas de su propietario y, en cambio, lanzan continuas campañas
de desprestigio contra la competencia)? ¿Cuál es el modo de librarse
de esa «objetividad» informativa; cuya principal rentabilidad no es
económica, sino ideológica, o sea, la creación de la opinión
«publicada», sucedáneo suplantador de la opinión pública?
Ante el crecimiento del «altruista»
complejo mediático, ¿en qué consiste el progreso de esta
época? ¿Crece la capacidad de que los ciudadanos seamos los que
opinemos o de tele-controlarnos? La paradoja del tiempo en que nos ha tocado vivir
es que los medios (tecnológicos y económicos) son antepuestos claramente
a los fines (sociales) a los que, supuestamente, deberían servir. Al final,
como decía la reina de «Alicia en el país de las maravillas»,
lo que prevalece no son las reglas del juego (social) sino quién manda.
Este nuevo modo de «sugestión»
es mucho más peligroso que la simple soflama de un orador en la antigua
ágora griega, pues, hoy nadie puede escapar al eco mediático. Claro,
somos gente civilizada y, entre nosotros es posible la polémica (como prueba
la publicación de este artículo) y discutir sobre cualquier tema.
Pero, se trata de una dialéctica meramente formal, desligada del fondo
de la cuestión, que nunca es cuestionado. Se trata de una especie de desahogo
para los inquietos, más al servicio de aliviar el exceso de frustración
que de garantizar el derecho a opinar; para que, se pueda considerar que esta
situación es la «menos mala de las posibles». Reconozcámoslo:
La representación es tan buena que uno está tentado de creer en
la existencia de tal libertad de expresión...virtual. Dong
Xi es filósofo y colaborador de unostiposduros 

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