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La
portada, aparte de cumplir su función de anunciar el tema
o nombre de la obra y su autor, da al libro el tono general de su
tratamiento tipográfico. Cuando un amante de los libros manipula
un tomo nuevo lo abre instintivamente a la portada, listo para recibir
una sensación de deleite o decepción. ¡Imagina
un día en el cual no existiera una portada! No obstante los
primeros libros impresos no la tenían.
Los
primeros impresores seguían servilmente las tradiciones de los escribanos
y calígrafos en cuanto a la colocación detallada del texto del libro.
El escribano cogía su hoja de papel o pergamino, escribía el nombre
del libro en la portada y, dejando la primera hoja en blanco, enseguida empezaba
a escribir en la parte superior de la segunda página. De hecho, cuando
el nombre del libro se había escrito en la cubierta del pergamino no parecía
haber necesidad de repetirlo dentro utilizando una pagina entera. El escribano
empezaba su copia con un párrafo preliminar, el cual contenía el
nombre o sección del libro, o empezaba directamente con el texto. El segundo
método era el más usual, dado que el autor generalmente añadía
unos detalles sobre la naturaleza de la obra y la fecha y lugar en que se completó,
costumbre que en su momento fue copiada por los calígrafos y luego por
los impresores. Las
primeras portadas parecen haber nacido de la pura necesidad que surge de la multiplicación
de libros impresos. Era imperativo que el público viera el título
de un libro a primera vista. Es más, en cuanto los impresores del periodo
incunable ganaron confianza adoptaban un escudo de armas como marca del orgullo
que tenían por su obra. Estos escudos se ponían al principio en
la parte de abajo del colofón, luego, cuando se aumentaron en tamaño
y ganaron importancia en los ojos del impresor-artesano, ¿qué era más
natural que su traslado gradual hacia el principio del libro, acompañado
por una redacción apropiada?
Cuando
la novedad de este nuevo arte se había pasado se daba cada
vez más prominencia al nombre del libro y a su autor. Mr.
de Vinne en su libro sobre portadas escribe que "la repetición
en distintos libros del mismo escudo fue una ofensa para el lector
que se volvió demasiado monótono como para aguantarlo.
No siempre nombraba el impresor ni tampoco el libro. Para silenciar
(hacer callar) a los numerosos reparos los impresores de obras de
poca importancia empezaron a hacer los escudos más pequeños
y dar más importancia al nombre del libro y su autor."
Para
cuando el mundo editorial y el de la impresión se separaron y siguieron
como oficios diferentes (a partir de aproximadamente 1540) la portada era una
costumbre establecida que las editoriales rápidamente reclamaron como su
herencia, aunque hasta hoy día los libros publicados por editoriales ocasionalmente
llevan el escudo del impresor en la portada. El primer impresor en utilizar una
portada fue Peter Schoeffer en el año 1463. Imprimió varias ediciones
de una bula del Papa Pío II, con una pagina entera para el título
de cada libro. Sin embargo, no continuó esta practica y el uso de la portada
no se hizo general hasta aproximadamente catorce años después. En
1476 el alemán, Erhard
Ratdolt, de Augsburg, imprimió en Venecia un calendario de Johannes
Regiomontanus, en el cual utilizó un borde de grabado en madera alrededor
de la portada. Esta es la primera portada ornamental conocida.
El
primer impresor en Inglaterra en usar una portada fue un tal William
de Mechlin o Malines (un belga), que trabajó de impresor
primero en Holburn y después cerca de Flete-Brigge.
Entre otros libros imprimió varias ediciones de A Little
Treatise against the Pestilence (un pequeño tratado en
contra de la peste) escrito por un tal Obispo Canatus de Aarhus;
y fue una de estas ediciones que era el primer libro inglés
en tener una portada. El título fue impreso en dos líneas
y ponía:
"A
passing gode lityll boke necessarye
and behovefull agenst the Pestilens."
(un
buen libro pequeño, necesario y correspondientemente en contra de la
peste)
La
portada desde su nacimiento hasta hoy día ha sufrido grandes
vicisitudes y ha reflejado, hasta un grado notable, los tiempos
por los cuales ha pasado. Por lo tanto las grandes portadas de Italia,
Alemania, Francia e Inglaterra, en menor grado, durante el renacimiento
fueron adornadas con grabados en madera de gran belleza, que reflejaban
la gran actividad artística de la época. Años
inquietos y relativamente estériles siguieron en los que
la portada perdió su belleza y grandeza y a menudo, desafortunadamente,
se hizo caso omiso de la imprenta tipográfica; los impresores
buscaron ayuda externa, lo cual llevó al surgimiento de una
portada grabada en cobre. Esta practica, en particular, se mantuvo
firme durante el tiempo del Grand Monarque.
Para
ser justo con estos, se ha de decir que los grabados a veces eran muy bonitos,
pero normalmente eran ostentosos y floridos, un mero reflejo de la aristocracia
pomposa de aquella época. Más tarde, a finales del siglo XVIII bajo
la influencia de la Revolución, la portada se volvió austera y de
cierta simplicidad, sin mucha distinción. El siglo XIX vio la restauración
completa de la portada tipográfica. En
Inglaterra, durante la época victoriana, las portadas eran feas casi sin
excepción. Los libros editados e impresos por Charles Whitingham y William
Pickering respectivamente, merecen una atención especial, ya que ellos
fueron los precursores de la revolución tipográfica que comenzó
en este país. Por
fin, en los primeros años de los noventa, un grupo liderado por William
Morris llevó a cabo varios experimentos y como resultado imprimió
libros cuya belleza llamativa despertó a toda Europa. Y si los libros impresos
por este grupo de artistas-impresores pueden parecer hoy en día como algo
solamente valorable por su preciosidad, su influencia en aquel momento fue suficiente
como para hacer pensar a varios impresores, lo cual llevó consigo una mejora
notable a la mayoría de las portadas. A pesar de la guerra esta mejora
parece continuar, como demuestran los ejemplos que acompañan a este texto.
II El
impresor de hoy, como el de tiempos pasados, ha de tener en cuenta dos consideraciones
principales a la hora de planificar una portada- la legibilidad y cierta relación
y harmonía con el texto principal. Es un placer notar que los buenos tipos,
que contribuyen mucho a la legibilidad de una portada, se utilizan más
que hace veinte años. También hay una tendencia bienvenida entre
autores y editores a usar tan pocas palabras como sea posible en la portada, y
los elaborados subtítulos, lemas y citas se han pasado de moda. Hay indicios
de que muchos más impresores que antes se están preocupando por
encontrar la harmonía entre el texto y la portada, sin embargo hay muchos
fracasos. Una causa del problema parece ser que algunos impresores quieren impresionar
a la editorial y el público y utilizan la portada con este fin, siguiendo
demasiado de cerca, quizás, a las obras maestras del pasado que se crearon
en una época completamente distinta y así desatienden a la tipografía
del resto del libro. Otros, por su amor a la impresión fina (de los cuales
hay muchos), se apean en la portada, y la usan como un objeto tangible en la cual
expresar su destreza, pero su entusiasmo falla muchas veces respecto al texto
principal del libro.
Parece
haber nueve tipos distintos de portadas que se usan hoy en día,
los cuales se pueden clasificar como: la de la época, la
sobrecargada, la cuadrada, la cónica, la natural, la bordeada,
la caligráfica, la de grabado en madera y la que es principalmente
decorativa. Antes de la guerra había una tendencia fuerte
entre los impresores a adoptar solo uno o dos estilos, lo cual llegó
a ser la "Costumbre de la Casa" a precio de cierta monotonía
y esterilidad.
Es
interesante notar que hay numerosas ocasiones en que los impresores utilizaban
varios de los tipos de portada, variando su tratamiento en los diferentes libros
que realizaron. Esta experimentación y versatilidad probablemente sea debido
al interés intenso que se pone actualmente en el lado artesanal de la impresión,
y a la perturbación e inquietud general que siguen a una gran guerra. Esto
queda reflejado tanto en la impresión como en las otras artes y oficios.
El impresor de la post-guerra también parecería tener un sentido
más agudo de lo que es adecuado. Vale
la pena examinar brevemente cada uno de los estilos enumerados.
De
la época: Se utiliza para una reimpresión de
una obra originalmente editada durante un periodo de tiempo cuando
predominaba un estilo concreto de tipografía y el impresor
quiere conservar la atmósfera de aquella época. La
reproducción de Beggar’s
Opera ejemplifica a este tipo.
Sobrecargada:
Es un estado no deseado. El autor o el editor normalmente tiene
la culpa y el impresor tiene que hacer lo mejor que pueda con ello.
Polly
es una solución excelente a esta dificultad.
Cuadrada:
Este tipo presenta una apariencia ordenada además de poder
y solidez y por lo tanto siempre ha sido popular en Inglaterra.
Vea History
of Egypt.
Cónica:
Este tipo de portada quizá era de más uso para los
antepasados, los cuales podían romper las palabras con más
facilidad. Shakespeare
Adaptations aquí muestra que aún hoy en día
se presentan las oportunidades para utilizar este tratamiento.
Natural:
Los titulares se arreglan según se dispongan naturalmente,
sin forzar la medida. El orden exitoso depende en gran parte del
espacio entre líneas y los cuerpos de letra usados en las
diferentes líneas. Algunas de las portadas modernas más
bellas son de esta variedad. Las portadas con viñetas de
flores etc. pertenecen a esta categoría. Vea Love
and Friendship como ejemplo.
Bordeada:
Se usa como decoración y para dar un sentido de consistencia
y solidez. Si el texto no esta equilibrado sin que el borde ‘lo
sujete’, la portada tiene fallos fundamentales. Four
comedies en un ejemplo de una portadilla bordeada.
Caligráfica:
La portada caligráfica no se puede justificar del todo sin que la caligrafía
aparezca en alguna otra parte del libro, como por ejemplo los encabezados de los
capítulos. Por el otro lado, la línea del titulo de la portada puede
usar la caligrafía, si hay tipo suficiente en la pagina como para preservar
la unidad de la obra. Tanto la caligrafía dibujada y con pluma se incluyen
bajo este título. Grabado
en madera: De vez en cuando se utiliza grabado en madera para todas las
letras y la decoración de la portada (notablemente por Marées Gesellschaft).
La misma critica de la portada caligráfica también se aplica a este
método.
Principalmente
decorativa: Este tipo de portada surge durante este siglo.
Saints
in Sussex nos proporciona un ejemplo excelente donde la confianza
entre artista y impresor ha resultado en la producción de
una portada a la vez bella y distinguida.
El
hecho de tener tantas posibilidades para la producción de
una portada interesante es enriquecedor. Es el texto, después
de todo, lo que debe guiar cual de las numerosas vías se
debe coger, y ninguno de los ejemplos incluidos tiene un aspecto
forzado con el fin de adoptar un estilo determinado. Algunos podían
haber sido interpretados con éxito en cuatro o cinco estilos.
Los fallos principales se deben a un "Dogma", algunas
veces disfrazado como "Costumbre de la Casa"; El mezclar
familias de tipo; El usar indiscriminadamente el rojo u otros colores,
que se desparraman en las líneas, palabras sueltas o iniciales.
Un color parece mejor y es más efectivo cuando está
concentrado y usado frugalmente. Por último, la decoración
pobre o de segunda clase es peor que no mostrar ninguna.
Oliver Joseph Simon 1895-1956
Olive Simon desarrolló su carrera profesional en la Curwen
Press.
Editor de las revistas Signature y The Fleuron
(esta última junto con Stanley Morison) fue además
el autor del libro
Introduction to Typography
Artículo publicado en The Fleuron

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