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Figura
19
Cursiva de F. Warde usada en el tipo Centaur por Bruce Rogers |

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Figura
20
Cursiva de A. Fairbank para el tipo Bembo |

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Figura
21
Cursiva de Tagliente incorporada definitivamente para acompañar
a Bembo |

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Figura
22
Cursiva de Arrigui que acompaña al diseño de Monotype
Poliphilus |
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La recuperación
de los tipos cancillerescos
Tras la llamada de atención sobre
la calidad de la imprenta a finales del siglo XIX que supuso el
trabajo de William
Morris y las private presses, una nueva conciencia
se extendió entre los impresores y editores de la época. Se cuestionó
tanto la calidad de los soportes utilizados como la de los tipos.
La unanimidad por elevar el estándar de la producción estaba claro
y con frecuencia, al amparo de las ideas de Morris, se buscaba inspiración
en los tiempos pretéritos. Al mismo tiempo, la aparición de las
modernas máquinas de composición Linotipia y Monotipia, que multiplicaron
la producción de manera espectacular, trajo consigo la renovación
de los diseños de tipos disponibles hasta entonces así como la búsqueda
de otros nuevos. Fue un periodo de gran”excitación tipográfica”,
si se me permite la expresión.
Bebiendo
de las fuentes
A principios del siglo XX, y enmarcado en este ambiente, se renovó
el interés por la caligrafía. Como señala Josep
M. Pujol en su estudio preliminar a La Nueva Tipografía
de Jan
Tschichold (27), este interés aparece de modo independiente
pero paralelo en tres países de Europa: Inglaterra, Austria y Alemania.
Está encabezado en Inglaterra por Edward
Johnston y su enseñanza de tipo historicista; en Alemania
por Anna Simons, una discípula
aventajada del primero, y Rudolf Koch
un artesano que busca en la caligrafía la plenitud moral; y en Austria
por Rudolf von Larisch, el polo
opuesto a Johnston, que basaba su “credo” en la creatividad del
alumno sin predicar ningún estilo concreto de escritura. Con
este “redescubrimiento” del arte caligráfico, estaba claro que llegar
hasta las cursivas cancillerescas de Tagliente o Arrigui era solamente
cuestión de tiempo.
De hecho, continuando con
el magnífico estudio de Pujol: Peter Jessen, director del Museo
de Artes Aplicadas de Berlín, ya había sugerido en otoño de 1922
a Stanley Morison que trabajara sobre los maestros calígrafos italianos
del Renacimiento. (28)
Así fue que cuando Morison
planteo a la Monotype un programa de recuperación de tipos clásicos,
a la hora de buscar los tipos itálicos correspondientes, supo muy
bien “donde dirigirse”.
El
programa de la Monotype Corporation
La paulatina incorporación de las
máquinas de composición al negocio editorial, significó también
la creación de tipos para utilizarlos con ellas. Desde la implantación
en Inglaterra de la Monotype Corporation en 1900, al objeto
de implantar la monotipia en el mercado inglés, las creaciones tipográficas
que fueron sacando eran más bien modestas y acordes con los gustos
del momento: algún tipo de corte moderno como el Scotch
Roman de la fundición Miller de Edimburgo, y varias recreaciones
de tipos clásicos como los de Plantin, Caslon y Bodoni. (29)
La contratación de Stanley
Morison como asesor de la Monotype Corporation en 1922, marcó
el inicio de su famoso programa de recuperación de tipografías clásicas
así como de creaciones contemporáneas que, a lo largo de unos de
diez años, posibilitó que la firma dispusiera de una librería de
tipos formidable que contenía, entre otros, los diseños históricos
más significativos de la historia de la tipografía.
Y es en algunos de estos
diseños donde vuelve a aparecer la cursiva cancilleresca después
de unos cuantos siglos de olvido, veamos cuales son:
Centaur
1929
Este diseño de Bruce
Rogers, está basado en la romana que Nicolas
Jenson, utilizó en Venecia en el año 1470 para la impresión
de su Eusebius.
La itálica elegida para
acompañar a esta romana es un diseño de Ludovico degli Arrigui del
año 1524 y fue cortada a partir de los dibujos de Frederic Warde.
Se trata de una interpretación fidedigna de una cursiva cancilleresca
clásica, aunque en el original las letras capitales aparecen verticales,
y en palabras de Bruce Rogers: es una de las más finas y legibles
cursivas de las hasta ahora producidas. (30).
(Figura
19)
Bembo
1929
Este diseño está basado en la romana
que Francesco Griffo cortó para
Aldo Manucio y que éste utilizó
en la impresión del De aetna del Cardenal Bembo en 1495.
A la hora de elegir una
itálica, Stanley Morison pensó en un diseño de un calígrafo actual,
Alfred Fairbank, (Figura
20) pero consideró, que, una vez cortado, este diseño
no harmonizaba correctamente como tipo secundario de la romana y
al final se eligió una cursiva de Giovantonio
Tagliente (Figura
21) a la que se sometió a diversas modificaciones:
los trazos ascendentes fueron cubiertos con remates y las capitales
se inclinaron.
En palabras de Stanley Morison:
si la primera itálica tenía demasiada personalidad, esta segunda
tenía muy poca. Aunque no se puede decir que sea desagradable, se
puede considerar como insípida. (31)
Blado
1923
Esta es la primera cursiva cancilleresca
recuperada por Stanley Morison, al objeto de acompañar a la romana
Poliphilus
(este diseño está basado en el tipo que Francesco Griffo
cortó para Aldo Manucio y que aparece en el famoso Hypnerotomachia
Poliphili que Aldo imprimió en 1499.)
En principio esta cursiva
cancilleresca es la primera que vuelve a estar a disposición de
los impresores desde los tiempos de la aparición de las mismas como
tipos de imprenta; está basada en un diseño que aparece en una obra
de Paolo Giovo impreso por Antonio Blado
en Roma en 1539, de aquí su nombre; aunque su origen data de 1526
de la mano de Arrigui, y Morison la descubrió en el manual de caligrafía
de Edward Johnston Writting,
iluminating and lettering. (Figura
22)
Como curiosidad, se puede
destacar que en todos estos diseños, las cursivas son de una época
posterior a las romanas. No cabe duda de que la calidad formal de
las mismas influyo en este hecho, ya que, como hemos visto al principio
de este artículo las cursivas de la escuela de Roma pronto superaron
a las venecianas; de hecho, yo por lo menos no conozco, ningún diseño,
ni para composición tipográfica, fotocomposición o digital de la
cursiva de Aldo Manucio.
En definitiva, como habéis
podido comprobar los tipos cursivos o itálicos tienen un largo recorrido
a sus espaldas, y durante las diferentes épocas cambiaron sus formas
de acuerdo con los gustos tipográficos del momento. Si bien Griffo
fue su creador, por cierto, en España se llego a conocer la letra
cursiva como letra grifa, fue
la originada un poco más tarde, a partir de los diseños de los maestros
calígrafos italianos del Renacimiento, la que llegó hasta los punzonistas
franceses del siglo XVI. Estos
fueron responsables de la creación de una cursiva que, con características
de ambos diseños, se conforma como el tipo auxiliar de la romana
que llega hasta nuestros días, algo que se confirmó con las variaciones
surgidas durante el siglo XVIII.
Saber apreciar estas variaciones
y adscribirlas a un estilo determinado seguro que no nos puede venir
mal en nuestro trabajo diario como diseñadores; trabajo del que
la tipografía forma una parte muy importante.
    

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