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Introducción
Los métodos de fabricación
de la letra de imprenta fueron durante mucho tiempo prácticamente
los mismos. No fue hasta el último tercio del siglo XIX,
con la invención del grabador pantográfico y su aplicación
en el desarrollo de las nuevas máquinas componedoras, cuando
los sistemas artesanales tradicionales empezaron a ser progresivamente
sustituidos. Los complejos procesos manuales, consistentes en la
formación de punzones, el golpeado de matrices y la fundición
de caracteres, que ya se utilizaron con la invención de la
imprenta, siguieron realizándose básicamente de la
misma manera durante más de cuatro siglos. Tan sólo
cuando la imparable mecanización alcanzó también
a este sector, el artesanado empezó a perder irremediablemente
su posición en beneficio de una nueva categoría profesional,
el diseñador, que vendría a substituirle con la responsabilidad
de satisfacer las necesidades creativas adaptadas a los nuevos procesos
técnicos.
La complejidad e importancia de esta actividad
artesanal no debería tolerar una definición tan extremadamente
sintética de sus aspectos técnicos, reduciéndola
a la obviedad de los elementos resultantes de sus fases creativas,
es decir: punzones, matrices y tipos de imprenta. Sin embargo, la
limitada extensión de esta comunicación no permite
un análisis mucho más amplio de unos procesos que,
por sus especiales características y peculiaridades, deberían
conocerse en profundidad si se pretende a la vez reconstruir la
historia de los materiales tipográficos. De todas formas,
parece indispensable hacer mención a algunos de los aspectos
relacionados con la actividad del grabador de punzones, la figura
principal en la fabricación de los caracteres de imprenta,
creador y auténtico responsable de las formas que finalmente
vemos reproducidas sobre el papel.
Por diversos motivos, los grabadores de
punzones fueron siempre, y en todas partes, muy escasos, principalmente
porque realizaban un trabajo de gran dificultad que requería
una enorme habilidad y experiencia, no siendo posible llevarlo a
cabo de forma correcta sin haber superado una larga y especializada
formación; requería, además, una gran inversión
de tiempo y esfuerzo que, en general, la clase artesana no podía
permitirse sin un fuerte respaldo económico. Por otro lado,
la propia naturaleza de los materiales usados en el proceso de creación
tipográfica, de gran resistencia y durabilidad, permitían
un uso continuado, tanto de punzones como de matrices, haciendo
prácticamente innecesarios, durante largo tiempo, los servicios
de estos orfebres, rompiendo por lo tanto la cadena natural de transmisión
de conocimientos.
Si bien en los primeros años de existencia
de la imprenta, los responsables del grabado de punzones fueron
seguramente artesanos habituados al trabajo del metal que aceptaron
encargos esporádicos de impresores necesitados de sus servicios,
la rápida expansión de la imprenta y por lo tanto
el aumento de la demanda de material tipográfico, habría
de propiciar la especialización de aquellos orfebres más
capacitados. A partir de la segunda década del siglo XVI
y prácticamente hasta el final del mismo, la situación
del grabador de punzones asumió una posición privilegiada
en su relación con la imprenta: el prestigio de sus principales
representantes, los Garamond, Granjon, Guyot, Haultin, o van den
Keere (todos ellos franceses o flamencos), se corresponde con la
calidad de su abundante obra, suficiente para cubrir sobradamente
las necesidades de los establecimientos tipográficos europeos
y haciendo innecesario durante mucho tiempo el grabado de nuevos
punzones. Los diseños humanísticos resultantes de
esta época de máximo esplendor del grabado tipográfico
se difundieron de forma casi absoluta, por la multiplicación
constante de los juegos de matrices con los punzones originales
o la comercialización de la letra fundida, una y otra vez,
en un mismo juego de matrices; también muy probablemente,
y aunque en menor medida, por el grabado de nuevos punzones que
copiaban exactamente unos modelos aceptados sin discusión.
En España, una vez desechado el uso
prioritario de las letrerías góticas originarias del
período incunable, los diseños humanísticos
creados en este próspero período creativo dominaron
completamente la producción impresa hasta bien entrada la
segunda mitad del siglo XVIII. La falta de grabadores de punzones
dedicados a este sector en nuestro país hizo indispensable
la importación de los materiales tipográficos de los
principales centros productores europeos. Esta dependencia fue nefasta
para nuestra tipografía, pues en general no se disponía
de los medios económicos suficientes para hacer frente a
los elevados costes que comportaba la adquisición de estos
materiales. De todas formas, la llegada de pesadas cargas de letra
fundida a nuestro país tuvo que realizarse con más
frecuencia de lo que indican las escasas referencias documentales
que conocemos 1; aunque el método
más habitual fue en general el comercio de matrices, que
lógicamente eran mucho más fáciles de transportar.
Si bien hubo varios juegos de matrices circulando
por España en esos años, seguramente de los mejores
que podían encontrarse en Europa, resultantes de los punzones
producidos por los más destacados grabadores renacentistas,
fueron siempre muy pocos e insuficientes para satisfacer las necesidades
de la imprenta española. Su alto coste los hacía totalmente
inasequibles para el empobrecido grupo impresor español,
y tan sólo las iniciativas gubernamentales hicieron posible
la adquisición de los pocos que se han podido documentar.
Debido a esta escasez de juegos de matrices,
la mayoría de impresores, sin medios suficientes para pagar
los altos precios de las nuevas fundiciones, se veían obligados
a reutilizar con demasiada frecuencia letras en muy mal estado,
totalmente desgastadas después de un uso abusivo; fue incluso
habitual el comercio de materiales de segunda mano, pasando los
juegos de letras, ya sea por venta, préstamo, cesión
o herencia, de un impresor a otro. Otro resultado de la carencia
de matrices en España lo encontramos en las múltiples
alteraciones que habitualmente presentaban las nuevas fundiciones
de esos años, debidas en general a la necesidad de incentivar
el ingenio ante la falta de medios suficientes, pero que sin duda
cabe considerarlas como fruto de la improvisación y el escaso
conocimiento del oficio.
Fue una práctica habitual en España
fundir en matrices de un cuerpo determinado utilizando moldes de
distintos tamaños, con el fin de obtener caracteres de un
cuerpo mayor o menor al de la matriz original, pese a que, lógicamente,
el ojo seguía siendo del mismo tamaño. También
era necesaria de vez en cuando la substitución de matrices
deterioradas o extraviadas, o bien añadir algún carácter
especial (como por ejemplo las grafias de la propia lengua no incluidas
en las matrices importadas, que normalmente provenían de
Flandes), tareas para las que se contrataban los servicios de orfebres
locales, poco o nada especializados, que se veían obligados
a grabar punzones con los caracteres solicitados y después
crear y justificar las matrices. El resultado es fácilmente
perceptible por la falta de coherencia en el diseño general,
así como por la irregularidad espacial, normalmente fruto
de una mala justificación. Se puede afirmar con rotundidad
que todos estos aspectos ayudaron de forma considerable a potenciar
los bajos niveles de calidad que en general caracterizaron la producción
impresa española de los siglos XVI, XVII y buena parte del
XVIII.
Sería del todo injusto considerar
que la falta de grabadores de punzones capaces de crear diseños
autóctonos en este largo período de la historia de
la imprenta en España se debió a la poca capacidad
del artesanado de la época. Lo más coherente en este
caso sería relacionar la deplorable situación de la
imprenta española con la falta de estímulos suficientes
para desarrollar esta disciplina, con inversiones económicas
que permitieran que alguno de esos orfebres, que servían
a los impresores en encargos puntuales, pudieran formarse y especializarse
en tan necesario oficio. Si bien hubo algún intento de nacionalizar
la producción tipográfica, conscientes de las dificultades
que entrañaba para la clase impresora la ausencia de creación
autóctona y la absoluta dependencia de los inaccesibles materiales
extranjeros, la falta de ayudas oficiales fue la causa principal
de su fracaso. Así, a finales del XVII, la iniciativa de
la Diputación del Reyno de Castilla y León, que hizo
venir a un grabador de punzones extranjero, Pedro Disses, intentando
incentivar la propia producción de caracteres de imprenta,
y facilitar a la vez la instrucción de los operarios españoles,
se truncó rápidamente por la falta de ayudas económicas,
pese a que Disses había fabricado ya con cierto éxito
varias series de caracteres 2.
El resurgir de la imprenta española,
después de un largo período de decadencia, se produce
después de la segunda mitad del siglo XVIII, bajo el reinado
de los monarcas ilustrados, Fernando VI, y principalmente Carlos
III. La tendencia proteccionista iniciada ya por Fernando VI, con
el llamado "auto de Curiel" (1752), prohibiendo la importación
de libros impresos en el extranjero en castellano, anunciaba las
directrices políticas en materia cultural y económica
de su sucesor, Carlos III, en cuyo mandato la tipografía
española vivió su período de máximo
esplendor. En esta época, figuras tan reconocidas como Ibarra,
Sancha o Monfort se situaron al nivel de los más prestigiosos
impresores europeos del momento.
La restauración del mercado editorial
se hizo indispensable para poder mejorar la situación de
los impresores españoles, que, exceptuando unos pocos que
se dedicaban también al negocio de la librería, habían
subsistido largo tiempo en una situación de gran precariedad
3. Quizás en este sentido,
la aportación más decisiva de la política de
Carlos III para la reactivación de la imprenta española
y de la actividad editorial fue la recuperación de la producción
de libros litúrgicos, en manos desde el siglo XVI de Plantino
y sus sucesores (con el controvertido privilegio de distribución
de los monjes Jerónimos de El Escorial). El monarca, como
paso decisivo de su reforma, puso bajo su protección a la
recién formada Real Compañía de Impresores
y Libreros, integrada por diversos profesionales de las artes gráficas
en Madrid, y favoreció que éstos se hiciesen cargo
de la impresión de los libros del "Nuevo Rezado". La recuperación
del amplio volumen de producción de libros litúrgicos,
sin duda mucho mayor que el de cualquier otro tipo de libro impreso
en aquel momento, suponía el ahorro de una gran cantidad
de dinero, que salía habitualmente fuera del país,
suficiente para reformar e impulsar la imprenta española
y la situación de los profesionales del sector.
En consonancia con su programa ilustrado
destinado a promover un amplio desarrollo intelectual, Carlos III
mostró una actitud mucho más liberal en la concesión
de licencias de impresión y modificó las regulaciones
que limitaban la producción y venta de libros; promulgó
además un elevado número de normas destinadas a favorecer
el desarrollo de la imprenta y a la dignificación de los
oficios artesanos. Muy consciente del gran problema que suponía
la dependencia de los materiales tipográficos extranjeros,
otorgó el gobierno de Carlos III diversas exenciones y franquicias
para favorecer la introducción y desarrollo de esta disciplina
en España, como la exención del servicio militar,
concedida a partir de 1763 a los impresores y también "a
los fundidores de letras que se emplean de continuo en este ejercicio
y a los abridores de punzones y matrices" 4,
o concediendo, en 1775, "la gracia de la tercera parte del precio
del plomo en los reales estancos a favor de los Abridores de Matrices
y Punzones de las letras de Imprenta y Fundidores de ella". 5
Parece comprensible, ante esta situación,
que el duque de Alba y el Conde de Aranda, de paso por Barcelona,
se dignasen a visitar, por indicación del marqués
de la Mina, el taller de un simple artesano, Eudald Pradell, y impresionados
por sus progresos en una disciplina prácticamente desconocida
en el país, le sugirieran presentar un memorial al rey. Tampoco
debe sorprender que al recibir el monarca la petición de
Pradell, en la que indicaba que había grabado diversos caracteres,
le concediera "cien doblones de oro de pensión cada
año, y cinquenta quintales de Plomo, por coste y costas,
por el término de diez, con calidad de que ha de venir a
establecerse a Madrid, y emplearse en el ejercicio de abrir Matrices
para todo género de Letras, a fin de abastecer las Impresiones
de España, así de caracteres latinos, como de griegos,
hebreos y arábigos, según ha propuesto
".
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1 Se
documenta por ejemplo la llegada de bidones llenos de tipos de imprenta
en Álvaro Castillo Pintado, Tráfico marítimo
y comercio de importación en Valencia a comienzos del siglo
XVII, Madrid, 1967, pp. 87-88; también sabemos que los
sucesores de Plantino fundían letra para enviar a España
y Portugal entre 1735 y 1741, según indica Leon Voet, The
Golden Compasses, Amsterdam, 1969-1972, vol. II, p. 125.
2 Don
W. Cruickshank, "The types of Pedro Disses, punchcutter", Journal
of the Printing Historical Society, 17, 1982-1983, pp. 72-91.
3 Recordemos
que ya desde el siglo XVI los libros editados fuera de España,
principalmente en Flandes, Italia, Francia o Alemania, que invadían
el mercado español y el de sus colonias, superaban en mucho
a los impresos en el propio país (François López,
"La edición española bajo el reinado de Carlos III",
Actas del Congreso Internacional sobre "Carlos III y la Ilustración",
vol. III, Madrid, 1989, pp. 279-283).
4 Francisco
Méndez, Typographia española, Madrid, 1796,
p. 408.
5 F.
Méndez, op. cit., pp. 408-409.
6 Archivo
Histórico Nacional, Consejos, Legajo 11275, nº 34. Carta
del Marqués de Grimaldi con fecha de 4 de agosto de 1764.
  

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