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Introducción
Los vínculos que históricamente
han existido entre las mujeres y los libros se pueden abordar desde
diversos ámbitos, como el acceso a la enseñanza tanto
de la lectura como de la escritura 1;
la importancia que revistió la posesión de libros
como bien cultural, hecho especialmente notable a partir de la Edad
Media a raíz del surgimiento de los libros de horas y miniados
asociados a un uso fundamentalmente femenino; el frecuente
recurso de representar libros como atributo o indicador de la elevada
cualidad intelectual y virtud de la mujer, comprobable en la iconografía
religiosa cristiana 2,
y su participación material en la producción editorial.
Esta participación femenina en las artes gráficas,
el mundo del libro y la tipografía tiene larga data, pero
aún no existe un análisis de conjunto; sólo
se cuenta con unas pocas menciones parciales y hechos aislados.
Por esa razón, a partir de un análisis bibliográfico
3, pretendo reunir información
que contribuya a sensibilizarnos sobre el papel que jugaron las
tipógrafas e impresoras en la Nueva España, lo que
de alguna forma nos permitirá conocer su contribución
a nuestra historia cultural.
Si bien desde el inicio de la imprenta tipográfica,
en el siglo xv, y hasta inicios del xix, la impresión y edición
de libros fue un negocio fundamentalmente de carácter familiar,
es importante hacer notar que en la bibliografía especializada
casi no se menciona la presencia y participación de las mujeres.
Pueden existir varias razones para este silencio: que en los recuentos
históricos se diera más importancia a los iniciadores
que a los continuadores de las distintas tradiciones familiares;
el prejuicio y las preconcepciones que impiden ver los objetos concretos
que dan cuenta de estas participaciones (en este caso se puede mencionar
concretamente los pies de imprenta de los libros mexicanos); la
ignorancia sobre la verdadera situación social y legal de
las mujeres durante dicho periodo histórico o el desconocimiento
de las labores que se desarrollaban en los talleres, las habilidades
necesarias para trabajar en ellos y la división del trabajo
usual en las imprentas.
Sobre este último punto hay que recordar
que en el taller de imprenta se realizaban tres tareas bien diferenciadas:
antes de imprimir era preciso realizar la composición e imposición
del texto, y después de la impresión, que era la actividad
central, se llevaba a efecto el alzado de los pliegos. Además,
eran precisas otras múltiples actividades de carácter
técnico: fundición de tipos, elaboración de
tinta, mojado y secado del papel. Otras tareas eran de carácter
intelectual como por ejemplo la corrección de los textos;
y por último, una serie de labores empresariales. No todas
las imprentas eran de igual tamaño, por lo que en las pequeñas
una misma persona realizaba más de una función; asimismo,
la estructura de mando, que generalmente seguía el esquema
de maestros, oficiales y aprendices, podía quedar difuminada
si había pocos empleados.
Estas tareas duraron casi 300 años
sin mayores modificaciones, pero durante el siglo xix ocurrieron
cambios radicales derivados de la Revolución Industrial,
que repercutieron en el espacio que ocuparon las mujeres dentro
del proceso productivo. Los avances técnicos, como la prensa
de vapor y más tarde las rotativas, la mecanización
en la producción y composición tipográfica,
con la llegada del linotipo y posteriormente del monotipo, así
como la creciente demanda de impresos, tanto libros como periódicos,
sacaron el negocio editorial del ámbito estrictamente familiar
y modificaron la organización empresarial, que comenzó
a estar liderada principalmente por hombres. En algunos casos, el
papel de la mujer se reorientó a otras esferas de la industria:
algunas trabajaron en la encuadernación, otras más
se dedicaron a la ilustración, sobre todo infantil y de revistas
o periódicos para mujeres, género que comenzó
a aflorar ampliamente durante el siglo xix. De cualquier modo su
presencia nunca desapareció.
Pero para analizar lo ocurrido antes del
siglo xix cabría preguntarse por qué razón
las mujeres participaron activamente en el mundo del libro. Además
de la mayor o menor habilidad que demostraran en la administración
de la hacienda y su preparación intelectual, podríamos
encontrar algunas respuestas en la cercanía entre los talleres
y los hogares, usual durante dicho periodo, lo que permitiría
a las mujeres colaborar en las labores de la imprenta sin "descuidar"
sus compromisos domésticos. Dado el carácter familiar
del negocio, la herencia de la imprenta a la esposa, hija o hermana
no era inusual, ya que en varios casos ellas representaban la autoridad
responsable de la familia ante la ley. En este sentido hay que mencionar
también que la propensión longeva de las mujeres respecto
de los hombres es un factor que contribuyó frecuentemente
en esta línea de sucesión empresarial.
Hay que aclarar que el fenómeno que
estoy exponiendo no es exclusivo de México ni de la época
colonial. Por lo que toca a la presencia de mujeres en el mundo
el libro y la tipografía, brevemente se pueden mencionar
que aproximadamente desde fines de la edad media y hasta nuestros
día, tanto en Europa como en Estados Unidos, ha habido una
importante participación de féminas. 4
Una serie de mujeres de notable formación
intelectual, en su mayoría religiosas de monasterios medievales,
trabajaron en los escriptoria, tal es el caso del convento de San
Jacobo de Ripoli, en Florencia, Italia. Por otra parte, incontables
viudas asumieron sus funciones en la regencia y administración
de talleres, y terminaron de imprimir las obras inconclusas de sus
difuntos esposos: por ejemplo Margarita
DallAglio, quien no solo publicó el hoy conocido
Manuale Tipografico de su esposo Giambattista
Bodoni, sino que además realizó el prefacio a
la obra en el que se puede detectar el alto nivel y la profundidad
de conocimientos tipográficos que la mujer poseía
para poder hablar con tanta propiedad sobre la labor tipográfica.
Estas mujeres editaron tanto a los autores
clásicos como a sus contemporáneos; se ocuparon de
temas religiosos, científicos, culturales y literarios, con
diversos grados de calidad estética y tipográfica
pero sin duda con máxima entrega para no perder la lealtad
de sus clientes, civiles, reales o religiosos. En algunos casos
nos encontramos con mujeres que estuvieron varias décadas
al frente de sus empresas, como por ejemplo
la francesa Charlotte Gillard,
quien trabajó en la imprenta 50 años, antes de morir
en 1556. También podemos hallar ejemplos en que no sólo
participaron las madres sino que luego continuaron las hijas y los
yernos, como es el caso de Jeanne, esposa de Christopher Plantin,
y Martina, la hija de ambos que junto con su marido Jan Moerentof,
o Moretus, fueron los continuadores de la famosa dinastía
de tipógrafos e impresores flamencos.
Trabajaron a grandes escalas o en empresas
pequeñas como Emily Faithfull
(1835-1895) y su Victoria Press o Virginia
Wolf (1882-1941) en su
Hogarth Press, respectivamente. En algunas ocasiones fueron pioneras
en su labor como Elizabeth, la esposa del misionero Joseph Glove,
quien estableció la primera imprenta de las colonias inglesas
de Norteamérica; fueron también promotoras de la organización
gremial y de la elaboración de discursos igualitarios y defensa
de mujeres como Augusta Lewis Troup.
Trabajaron no sólo desde la práctica
sino también desde la reflexión como fue el caso de
Beatrice
Warde (1900-1969) fue tipógrafa americana que realizó
importantes investigaciones sobre tipografía e historia de
la impresión. Y aunque la lista es más extensa, podemos
mencionar a distintas tipógrafas europeas y norteamericanas
contemporáneas 5: Elizabeth
Colwell, Elizabeth Friedländer,
Kris Holmes, Cynthia
Hollandsworth, Zuzana Licko,
Carol Twombly, Ilse
Shüle, Gudrun Zapf-von Hesse,
entre otras.

1 Aunque
sobre este tema existe abundante bibliografía, recomiendo
la lectura de los trabajos de Roger Chartier sobre lecturas y lectores,
entre los que cabe mencionar su ensayo "Las prácticas
de lo escrito" en Philippe Ariès y George Duby, Historia
de la vida privada, Vol. III, "Del Renacimiento a la Ilustración",
pp. 116-158.
2 Sobre
este punto basta revisar la amplia iconografía de la Anunciación
en la que la virgen María generalmente se encuentra leyendo
al momento de recibir la noticia de su espera divina de boca del
arcángel Gabriel. Asimismo, para el caso de los libros como
atributos de vírgenes y santas, consúltese el extraordinario
ensayo "La santa que lee", de Joaquín Yarza Luaces
en Teresa Suaret Guerrero y Amparo Quiles Faz (eds.), Luchas
de género en la historia a través de la imagen. Ponencias
y comunicaciones, tomo I, Málaga, Servicio de Publicaciones
Centro de Ediciones de la Diputación Provincial de Málaga
(Cedma), 2001, pp. 421-465.
3 Quiero
expresar que el posible mérito de este trabajo no se halla
en ser el primero que aparece sobre el tema, cosa vana, sino en
tratar de ofrecer un compendio razonado de las distintas fuentes
y menciones sueltas. Aunque las obras se encuentran detalladas en
la bibliografía sería injusto no mencionar a los autores
principales que han servido como guía para la elaboración
crítica de este ensayo: Amor de Fournier, Araujo, García
Icazbalceta, Iguiniz, Medina, Stols y Torre Revelo.
4 Para
una mayor información sobre este apartado consultar la reseña
de la exposición "Unseen Hands: Women Printers, Binders
and Book Designers," organizada por la Universidad de Princeton,
en marzo de 2003, bajo la curaduría de Rebecca Davidson.
Asimismo la concisa y elocuente comunicación de Raquel Pelta
"Mujeres y tipografía. Encontrando un lugar en la historia",
Primer Congreso de Tipografía, Valencia, junio 2004.
5 Robert
Bringhurts menciona algunas tipógrafas en su libo The
Elements of Typografic Style, Vancouver, Hartley and Marks,
1999. Más información se puede encontrar en la página
electrónica de la International Type Corporation,
en la sección denominada Women in Type.
    

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