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Figura
1
Boceto con muestras de letras dibujadas por Francisco Javier
de Santiago Palomares (Biblioteca Nacional, Archivo) |
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Resulta en cierta manera sorprendente que las aportaciones
dedicadas al estudio de la magnífica obra producida durante
la segunda mitad del siglo XVIII por los grabadores de punzones
españoles sean todavía tan escasas. La actividad de
nuestros punzonistas no sólo debería ser ampliamente
valorada por su papel decisivo en el buen funcionamiento de la resurgida
imprenta española, sino también por su actitud precursora
en la realización exitosa de una industria sin tradición
alguna en el país. La abundante y sin duda brillante producción
tipográfica española de ese período continúa
siendo prácticamente ignorada por las tradiciones bibliográficas
foráneas y, de hecho, tampoco parece que haya despertado
excesivo interés entre los historiadores del libro español.
Uno de los aspectos a los que no se ha prestado demasiada atención
y que, por otro lado, bien pudiera considerarse una de las principales
peculiaridades estilísticas de algunos de los caracteres
diseñados en ese período, es su estrecha vinculación
con las formas caligráficas. La particularidad caligráfica
como elemento distintivo y diferenciador de nuestros caracteres
en relación con los extranjeros, que ya apuntaba Updike en
su conocida obra Printing Types, parece ciertamente lógica
en un país con una tan arraigada tradición en esta
disciplina. De hecho, a diferencia de la más bien escasa
atención prestada a nuestra tipografía, las más
prestigiosas figuras de la caligrafía española siempre
han sido altamente valoradas más allá de nuestras
fronteras.
De todas formas, pese a que Updike subraya que los tipos españoles
de este período, especialmente las letras cursivas, presentan
unas sorprendentes cualidades caligráficas, no parece que
la influencia de la escritura manual en la tarea de nuestros punzonistas
hubiera sido tan generalizada. En realidad, la actividad de los
grabadores de punzones españoles estuvo principalmente supeditada
a los propios modelos tipográficos, que siguieron de forma
más o menos estricta y seguramente en relación con
la capacidad técnica de cada uno de ellos. Pero lo cierto
es que las cualidades caligráficas que Updike acertadamente
percibe en los tipos españoles sí se muestran de forma
muy evidente en los diseños de los dos grabadores formados
en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Jerónimo
Antonio Gil y Antonio Espinosa de los Monteros.
No parece en cualquier caso que la vinculación de los diseños
tipográficos a la escritura manual fuera el resultado de
una operación más o menos programada. Lo más
coherente sería considerar que fue la propia inexperiencia
de los grabadores de punzones españoles, incapaces de encontrar
ejemplos aptos para establecer el diseño de los nuevos caracteres,
la que propició que éstos optasen por buscar sus referentes
entre los modelos caligráficos. De hecho, Updike ya apuntaba
que la apariencia caligráfica de los tipos grabados por Gil,
así como también de otros caracteres españoles
de este período, entre los que sin duda habría que
considerar los de Espinosa, es tan evidente porque traduce directamente
el diseño de la forma escrita, es decir, interpreta que “these
types were modeled directly on the Spanish handwriting then considered
ideal for documents or letters meant to be handsomely rendered.
For instance, italic letters, in some fonts in these specimen-books,
end in little “dabs”, as if written with a pen overfull”
2
. Pero de todas formas, no considera que esta estrecha dependencia
de la escritura manual sea una elección plenamente madura
y voluntaria, en consonancia quizás con el peso de la fuerte
tradición caligráfica característica en el
país, sino que contrariamente la relaciona con la falta de
experiencia de los grabadores de punzones españoles, considerando
que en países en los que el oficio estaba ya arraigado, hacía
años que se había desechado la ineficaz tendencia
de copiar de forma tan directa las letras escritas para convertirlas
en formas tipográficas.
Es evidente que la falta de tradición
de esta disciplina pudo condicionar la tarea de nuestros punzonistas,
que se vieron obligados a elegir sus referentes de ámbitos
muy distintos. En este sentido, la vinculación de algunos
de nuestros principales grabadores de punzones con conocidos calígrafos
parece razonable si tenemos en cuenta el prestigio que estos últimos
disfrutaban en la sociedad española de la época. Por
lo tanto, parece comprensible que en general se considerase que
los calígrafos eran los profesionales más aptos para
definir las características formales de las letras, y los
más capacitados para revisar y corregir las creaciones de
los noveles punzonistas. Así parece que lo consideró
Juan de Santander, el Bibliotecario Real, al implicar al más
prestigioso de los calígrafos españoles de la segunda
mitad del siglo XVIII, Francisco Javier de Santiago Palomares, en
las tareas que Jerónimo Antonio Gil empezaba a realizar para
formar el obrador de fundición de la Real Biblioteca.
Si bien no fue hasta el año
1761 que, por orden real, se le encargó el establecimiento
de una imprenta agregada a la Real Biblioteca, Juan de Santander
hacía ya años que trabajaba en este propósito
y muy especialmente en adquirir los materiales para formar un obrador
de fundición. En 1754 había hecho traer de Holanda
cuatro fundiciones de letra, y posteriormente compró varios
de los escasos juegos de matrices que existían en el país,
en concreto los que poseía la viuda de José de Orga
y los que habían sido de Gabriel Martín Cabezalero,
e incluso arrendó los que pertenecían al Colegio Imperial
de los jesuitas.
Conocedor de los problemas endémicos que habían caracterizado
el sector, resolvió de forma acertada actuar contra el que
consideraba el principal obstáculo que dificultaba el desarrollo
de la imprenta española: la escasez de tipos de imprenta.
Así pues, decidido a cortar la tradicional dependencia del
material extranjero, insistió en su iniciativa de fundar
un obrador de fundición como paso necesario para el buen
funcionamiento de la Imprenta Real, con la voluntad manifiesta de
que a la larga debería permitir también el poder abastecer
con tipos de calidad a un amplio número de talleres de imprenta.
Sin embargo, pronto quedó convencido de la imposibilidad
de formar una colección de matrices coherente juntando los
escasos, y ya antiguos, juegos existentes en el país, así
como también de la dificultad de reparar los defectos de
éstos. Además, consciente de la política proteccionista
impuesta por Carlos III, que hubiera hecho del todo inconveniente
proponer la adquisición a un precio muy elevado de los materiales
necesarios en el extranjero, optó finalmente por intentar
realizar todo el proceso en España.
Para llevar a cabo esta difícil comisión se recurrió
a Jerónimo Gil, quien conocía ya las particularidades
del oficio y tenía cierta experiencia en esta especialidad.
Si bien se había iniciado en dicha actividad completando
o reparando las faltas de juegos de matrices ya existentes, su constancia
le permitió vencer las muchas dificultades que comportaba
esta disciplina prácticamente desconocida en el país
y consiguió completar en su totalidad un cuerpo de letra.
Gil presentó al bibliotecario mayor las matrices, los punzones
y los contrapunzones del grado de letra llamado Atanasia y se ofreció
a ejecutar todos los demás que se considerasen necesarios.
Inicialmente, se le encargó la tarea de completar uno de
los antiguos juegos de matrices, el de la letra Parangona, y después,
visto el éxito y calidad de su trabajo, se le encomendó
la fabricación de nuevos punzones y matrices para crear diversos
grados de caracteres.
La participación de Francisco Javier de Santiago Palomares
en este proyecto no sólo está perfectamente documentada,
sino que incluso puede asegurarse que se inicia prácticamente
en el mismo momento en que Santander confía a Jerónimo
Gil la realización de tan magna empresa. En 1766, el mismo
año en el que Gil inicia su vinculación con la Real
Biblioteca, Santander solicitó a Palomares que estuviese
presente en el reconocimiento y tasación, que debían
hacer Jerónimo Gil y los fundidores de letra Miguel Sánchez
y Joseph Pérez, de las matrices del Colegio Imperial que
quería comprar para formar el obrador de fundición.
Palomares aceptó el encargo,
“gustoso por ser genial en mi la afición a todo cuanto
pertenece al admirable arte de imprimir” 3,
como demuestra un documento con fecha de marzo de 1767, en el que
efectivamente aparece el nombre del calígrafo, junto al de
Gil y sus dos fundidores, dando el visto bueno a la adquisición
de los materiales del Colegio Imperial. Pero cabe confirmar que
la consulta de la documentación conservada sobre este asunto
permite asegurar que la participación de Palomares no se
limitó a la tasación de unas viejas matrices. Lo cierto
es que continuará vinculado al proyecto revisando y corrigiendo
las muestras de letra que se le remiten, varias de ellas fruto de
las matrices que Santander había adquirido y otras como resultado
de los punzones que Gil estaba grabando para el obrador de la Real
Biblioteca.
El análisis de las varias
muestras de letras grabadas por Gil y de las que Palomares ofrece
su opinión en anotaciones al margen, dando su visto bueno
o corrigiendo aquellos caracteres que no le parecen lo suficientemente
correctos, inducen a pensar que el papel del calígrafo pudo
ser en mayor medida meramente consultivo. Sin embargo, y aunque
resulta bastante complejo establecer con exactitud el grado de participación
de Palomares en los diseños de Jerónimo Gil, las particularidades
estilísticas de los caracteres que el punzonista grabó
durante este período, bastante alejados de los modelos que
había realizado con anterioridad a su vinculación
con la Real Biblioteca, inducen a pensar que la influencia del prestigioso
calígrafo fue posiblemente mucho mayor de lo que en un principio
pudiera parecer.
De hecho, no sólo no podemos descartar su posible influjo
en la elección de referentes para los nuevos caracteres grabados
por Gil, sino que incluso debemos considerar su más que probable
influencia en la definición formal de algunos caracteres,
básicamente en la concepción de la letra cursiva.
Resulta curioso que Daniel B. Updike, sin tener noticia alguna de
la participación de Palomares en el proyecto de formación
del obrador de fundición de la Real Biblioteca, comparase
el aspecto caligráfico de los caracteres diseñados
en España en este período con las muestras de escritura
aparecidas en el tratado Arte nueva de escribir, impreso
por Antonio Sancha en 1776, y que de forma errónea consideraba
el impresor americano una reedición del texto publicado en
1615, con el título Nueva arte de escribir, por
el calígrafo del siglo XVII Pedro Díaz de Morante.
En realidad, la falsa atribución es en cierta forma comprensible
si se revisa el título completo de la obra, Arte nueva
de escribir, inventada por el insigne maestro Pedro Díaz
de Morante…, y en el que Francisco Javier de Santiago
Palomares, el auténtico autor de este tratado de importancia
decisiva para la historia de la escritura en España, se manifiesta
heredero de la tradición y estilo de Díaz de Morante,
ensalzando las excelencias del método de escribir que éste
utilizó a principios del siglo XVII.

1 Texto
publicado en Ponencias del Segundo Congreso de Tipografía.
Las otras letras, Valencia, 2006, p. 54-59
2 UPDIKE,
Daniel Berkeley, Printing Types. Their history, Forms and Use,
2ª ed., Harvard University Press, 1937, vol. II, p. 87.
3 Biblioteca
Nacional (BN), Archivo, 0079/05
  

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