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Figura
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Muestra de caracteres grabados por Jerónimo A. Gil (Biblioteca
Nacional, Archivo) |

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Figura
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Caracteres grabados por Jerónimo A. Gil. Muestras
de los nuevos punzones y matrices para la letra de imprenta
executados por orden de S.M. y de su caudal destinado a la dotación
de su Real Biblioteca, Madrid, 1787 |
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Lo cierto es que, con excepción de los caracteres
grabados por Gil, no parece que puedan consignarse elementos característicos
de este tipo de letra de escritura en la mayoría de los modelos
realizados por nuestros punzonistas. De hecho, la definición
formal de los diseños españoles de este período,
incluidos los de la Real Biblioteca, se estableció con anterioridad
a la aparición del famoso tratado de Palomares. Pero, de
todas formas, parece claro que la principal aportación de
Palomares y sus magníficas muestras fue la de recuperar una
brillante tradición caligráfica que se había
corrompido por las influencias externas, instaurando nuevamente
el gusto por la letra bastarda identificada como el estilo nacional
de escritura.
Un elemento que debemos tener en cuenta, y que puede confirmar el
papel influyente de Palomares en la actividad del punzonista, es
un borrador, a modo de muestra de letras, que el calígrafo
dibujó y envió a Gil con una nota adjunta, con fecha
del día 13 de abril de 1768, en la que escribía: “Amigo
y señor D. Gerónimo, como anoche hablamos de muestras,
o pruebas de letras, vine con animo de formar el borrador adjunto.
Véale Vmd. Y muéstrele si gusta, al Sr. D. Juan [Santander].
En ella se descubrirá todo, así en redondo como en
bastardo. De cada clase se debe hacer una muestra, y las rayas deben
ser de viñeta. Creo que puesta en limpio hará un buen
efecto”4.
En este boceto, Palomares no sólo mostraba sus preferencias
estilísticas en la formación de las letras redondas
y cursivas, sino que también ofrecía a Gil un ejemplo
de cómo debía presentar de forma correcta sus caracteres
en una hoja de muestras.
Este ejemplo de distribución de caracteres lo utilizó
Gil para componer una muestra en la que reproducía toda la
variedad de estilos necesarios en un único cuerpo de letra
(versales, versalitas, minúsculas redondas y cursivas, ligaduras,
acentos, numerales…), y en la que se puede leer, en una indicación
impresa al pie, que “Estas matrices son abiertas por Don Gerónimo
Antonio Gil, año de 1765.”5
Aunque si bien es cierto que Gil abrió un juego completo
de matrices con anterioridad a su actividad en la Real Biblioteca,
parece más que probable que esta hoja de muestras hubiera
sido compuesta con posterioridad al borrador de Palomares, que como
se ha indicado fue realizado a principios de 1768.
Parece claro que los caracteres que
Gil exhibe en esta muestra presentan ya ciertas características
que no se corresponden con el modelo renacentista que el punzonista
siguió en sus inicios, y en los que copiaba fielmente el
modelo que le ofrecían las escasas matrices existentes en
el país. Asimismo, se conserva una muestra con los diseños
de la letra Atanasia que Gil presentó inicialmente a Santander
para demostrar su capacidad para ocuparse del proyecto que el bibliotecario
real tenía en mente, que permite confirmar la absoluta vinculación
de sus creaciones iniciales con los modelos renacentistas, popularizados
principalmente por el francés Claude Garamond, que monopolizaban
la impresión en España desde que a mediados del siglo
XVI habían reemplazado a las viejas letrerías góticas
procedentes del período incunable. Se podría fácilmente
imaginar que su inicial vinculación con el fundidor Bernardo
Ortiz, para quien había trabajado completando o reparando
sus viejos juegos de matrices, no sólo le habría permitido
adquirir la experiencia necesaria para realizar esta actividad,
sino que también le pudo haber facilitado la adquisición
de un modelo de referencia para sus creaciones.
La comparación de los caracteres grabados en esta fase inicial,
con los de la hoja de muestras adjunta a su solicitud de ayuda,
presentada al monarca en 1774, así como los del volumen Muestras
de los nuevos punzones y matrices para la letra de imprenta executados
por orden de S.M. y de su caudal destinado a la dotación
de su Real Biblioteca, publicado en 1787, demuestra una evidente
evolución en los diseños de Gil. En realidad, y pese
a que se sigue moviendo entre las formas de corte humanístico,
su modelo inicial renacentista parece haber sido substituido por
el barroco representado por los caracteres holandeses del siglo
XVII. Se percibe en los nuevos diseños de Gil un ligero aumento
en el contraste entre los trazos gruesos y finos, el incremento
de la altura de la x, y por tanto una reducción de las ascendentes
y descendentes, así como también la aparición
de pequeñas gotas en las terminaciones de las letras c, f,
g, r o y, elemento característico de algunos diseños
barrocos o neoclásicos.
En la gran hoja de muestras que presenta en su solicitud de ayuda
de 1774, Jerónimo Gil exhibe toda la variedad de cuerpos
de letra en los que estaba trabajando y de los que algunos estaban
todavía por concluir. Utilizando un texto de gran brevedad,
“Christophorus Plantinus, Regius Antuerpiensis Architypografus...”,
que repite para cada grado de letra, demuestra su voluntad manifiesta
de presentar exclusivamente los nuevos diseños en perjuicio
de los caracteres de estilo renacentista, de los que no hay ni rastro
en este espécimen. También se presentan en esta hoja
ejemplos de alfabetos orientales: hebreo, griego y árabe,
así como una letra gótica, que en realidad es una
letra visigótica del ámbito castellano-leonés;
sin duda un ejemplo más del decisivo influjo de Palomares,
uno de los más prestigiosos paleógrafos de su tiempo,
en la actividad que estaba realizando Jerónimo Gil.
Por el contrario, el libro de muestras
de la Real Biblioteca, impreso en 1787 por orden del entonces director
de la imprenta y obrador de fundición de la Real Biblioteca
Manuel Monfort, ofrece una imagen mucho más confusa de las
características formales de los diseños de madurez
de Jerónimo Gil. Los caracteres que el punzonista grabó
para la Real Biblioteca se entremezclan en ocasiones, a veces confundidos
dentro de un mismo grado, con aquellos de corte renacentista que
grabó en sus inicios, con los de las matrices adquiridas
por Santander, e incluso con otros realizados posteriormente por
los operarios que debieron reemplazar a Gil, seguramente sin tener
la formación y habilidad suficiente, en la tarea de completar
aquellos juegos de punzones que aquél no había podido
terminar.
En las setenta y cuatro páginas que forman el volumen, realizado
en una estructura compositiva idéntica al Manuel Typographique
de Pierre-Simon Fournier, se presentan los diversos grados que ya
aparecían en la hoja de 1774 (varios de ellos fundidos también
en un cuerpo superior), además de letras griegas, hebreas
y árabes, una amplia variedad de capitulares, algunas viñetas,
y finalmente una nueva cursiva de texto, vinculada sin duda a los
diseños de transición que había popularizado
el citado Fournier y que muy probablemente se realizó con
posterioridad al traslado de Gil a Méjico. Cabe recordar
que el volumen de muestras se imprimió casi una década
después de que Gil dejase el país rumbo a su nuevo
destino, y pese a que partió cargado con las herramientas
necesarias para cumplir la promesa que le hizo a Santander de continuar
en Méjico la obra que había dejado sin terminar, no
hay constancia de que mandase nuevos punzones para completar la
colección del obrador y, en cambio, sí se documentan
los varios, aunque poco fructíferos, intentos de encontrar
un nuevo punzonista que pudiera concluir las tareas que habían
mantenido ocupado a Gil durante más de doce años.
Pero al margen de la evidencia más o menos clara de sus referentes
tipográficos, lo cierto es que la variedad estilística
de los caracteres de la Real Biblioteca los convierte en los más
originales dentro de la ya de por si excepcional, no sólo
por su calidad sino básicamente por su falta de antecedentes,
producción española de este período. En este
sentido, no podemos dejar de mencionar la particularidad de su diseño
que más ha llamado la atención: la peculiaridad formal
de las letras J y U mayúsculas.
En realidad este aspecto ha sido
ya ampliamente analizado por Enric Tormo, quien en varias aportaciones
ha analizado la aparición de este pequeño apéndice
o asta que, como apunta, no se encuentra en toda la producción
tipográfica del siglo XVIII
6. Considera Tormo que esta “curiosidad
tipográfica”, que se atreve incluso a bautizar como
“gilismo” y que, por cierto, ya es perceptible en las
capitulares de la hoja de muestras fechada en 1765, es un rasgo
muy común en una buena cantidad de caracteres grabados al
cobre anteriores y contemporáneos a Gil. La formación
de esta pequeña asta es, en opinión de Tormo, el resultado
de una dificultad de unión entre el trazo vertical descendiente
y la curva de la base con sus diferencias de grosor en la talla
al buril, motivado por la forma de corte empleada en el grabado
de textos. Aunque parece claro que Gil, artista de importante trayectoria
en el grabado calcográfico, pudo haber trasladado este rasgo
característico de la talla en cobre al grabado de punzones
con fines tipográficos, no debe olvidarse también
que este es un detalle que aparece ya en algunos de los más
destacados tratados de caligrafía españoles anteriores
a Palomares. Esta pequeña asta se encuentra en las letras
mayúsculas G y U dibujadas por José de Casanova, así
como también en las de Juan Claudio Aznar de Polanco, por
lo que también sería plausible suponer que su introducción
en los diseños del punzonista pudo ser el resultado de la
imitación directa de los modelos de escritura.
Con todo, las características
más específicamente definitorias de los caracteres
de Jerónimo Gil se encuentran básicamente en el diseño
de su letra cursiva. De hecho, la evidente influencia caligráfica,
así como el más que plausible eclecticismo de su definición
formal, diferencian los caracteres cursivos grabados por Gil de
cualquier posible antecedente directo y le otorgan un mayor grado
de singularidad. Aunque algunas de las particularidades de esta
letra cursiva la hacen difícilmente clasificable, lo cierto
es que debido a la marcada disposición caligráfica
de los terminales de las letras, e incluso a las variantes formales
que presentan varias de ellas, como es el caso de la p, se percibe
una cierta independencia de los antecedentes tipográficos
y se presume una posible inspiración en los modelos difundidos
por los tratados de escritura, en especial de la tradicional letra
bastarda española cuyo uso Palomares se encargó de
recuperar y normalizar durante la segunda mitad del XVIII.
Francisco Javier de Santiago Palomares
fue el heredero de la auténtica tradición caligráfica
española. La publicación en 1776 de su ya citado tratado
Arte nueva de escribir supuso una auténtica revelación
para los que consideraban necesaria la restauración de la
antigua letra bastarda española, que desde mediados del siglo
XVII había ido perdiendo su posición preeminente en
beneficio de la llamada letra “de moda” o seudorredonda
7.
Conocedor de la obra de los grandes calígrafos de nuestro
país, que había estudiado a fondo, tomó de
ellos, aunque básicamente de Francisco de Lucas y José
de Casanova, la inspiración para un tipo de letra bastarda
que debía suponer la restitución de la tradicional
escritura española en oposición a los vigentes caracteres
de inspiración foránea. Sus bellas láminas
no sólo provocaron la admiración general sino también
la rápida implantación de su modelo caligráfico.
A Juan de Iciar, el primer tratadista
de caligrafía en España, con su Recopilación
subtilísima de 1548, se debe el primer intento por normalizar
el uso de la bastarda en el país. Pero no fue hasta que Francisco
de Lucas publicó su Arte de escribir en 1580, cuando
se otorgó a este tipo de letra su diseño y su auténtica
definición formal. Lucas dio a la bastarda las proporciones,
forma y aire que ha conservado hasta hoy, diferenciándola
para siempre de la cancilleresca italiana, así como de otras
letras cursivas desarrolladas a partir de los caracteres impresos
8.
Posteriormente, siguiendo el ejemplo de Lucas, también sobresalieron
en el dibujo de la bastarda los mejores calígrafos del Siglo
de Oro, Pedro Díaz de Morante, autor del tratado Nueva
arte de escribir (1616), y José de Casanova, cuyo Arte
de escribir toda forma de letras se imprimió en 1650;
ya en siglo XVIII, Juan Claudio Aznar de Polanco, pese a que en
su tratado Arte nuevo de escribir por preceptos geométricos,
impreso en Madrid en 1719, se caracterizó por fiar su método
a la estricta utilización de unas reglas geométricas,
también consagró la mayor atención a la definición
formal y a un estricto análisis de la clásica letra
bastarda española.
La identificación de la letra
bastarda como el modelo de escritura nacional, resultado de la evolución
autóctona de los modelos cancillerescos, adquiere en opinión
de Palomares una mayor dimensión. No sólo considera
que los modelos difundidos por Iciar o Lucas tuvieran un papel decisivo
en la concepción de los caracteres que tanta fama dieron
a las impresiones del célebre Plantin, sino que también
insinúa que fueron los españoles los que propagaron
“el arte de escribir en Roma, y en otras partes de Italia,
en donde se hicieron matrices de letra al gusto español,
que llamaron itálicas. Sobre el buen pie de éstas
Sebastián Grif, impresor francés, aumentó alguna
novedad, con tan buen suceso que habiendo gustado generalmente sus
ediciones de letra bastarda, quedó con el nombre de Grifa,
o del Grifo, y viene a ser un compuesto de las hermosas letras bastardas
española e italiana” 9.
De todas formas, no parece sencillo confirmar la opinión
de Palomares en relación al papel decisivo de la letra española
en la concepción inicial de la cursiva de imprenta, fruto
sin duda de la alta consideración que el calígrafo
tenía por la tradición que le antecedía. Pero
lo cierto es que el prestigio adquirido por la antigua letra bastarda
facilitó sin duda la propuesta restauradora de Palomares,
quien propició la recuperación de los tradicionales
modelos de escritura e incluso participó en la formación
de unos caracteres de imprenta en los que, con toda probabilidad,
expresó de forma directa los principios caligráficos
que caracterizaban la clásica letra española.

4 BN,
Archivo, 0077/01
5 BN,
Archivo, 0077/01
6 [Tormo
Freixas, Enric], "Noticia de Gerónimo Antonio Gil",
Boletín del Gremio de Artes Gráficas, p.
9-10.
Tormo Freixas, Enric, "De tipografía", Història
i actualitat del disseny gràfic a Barcelona, Barcelona, metròpolis
mediterrània, 3, p. 79.
7 Cotarelo
y Mori, Emilio, Diccionario biográfico y bibliográfico
de calígrafos españoles, Tip. de la Revista de
Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid, 1913-1916, p. 13.
8 Martínez
Pereira, Ana, Introducción a Francisco de Lucas. Arte
de escribir (facsímil de la edición de Madrid, Francisco
Sánchez, 1580), Madrid, Calambur, 2005, p. 15.
9 Santiago
Palomares, Francisco Javier, Arte nueva de escribir, inventada
por el insigne maestro Pedro Díaz de Morante, e ilustrada
con muestras nuevas, y varios discursos conducentes al verdadero
magisterio de primeras letras, por D. Francisco X. de Santiago Palomares...
Se publica a expensas de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos
del País, A. Sancha, Madrid, 1776, p. IV-V.
  

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