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Figura
4
Mayúsculas para la letra romanilla de José Casanova.
Arte de escribir toda forma de letras, Madrid, 1650 |

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Figura
5
Letra grifa de Juan Claudio Aznar de Polanco. Arte nuevo
de escribir por preceptos geométricos, Madrid, 1719 |
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Si bien
es cierto, como ya se ha indicado, que el tratado de Palomares no
había visto todavía la luz en el momento en que éste
dirigía y supervisaba las tareas que Gil realizaba en la
formación de los punzones y matrices de la Real Biblioteca,
su amplio conocimiento de la mejor tradición caligráfica
española y su apuntada consideración de la letra bastarda
como el origen de la letra itálica o cursiva de imprenta,
tuvo que permitirle ofrecer al punzonista una perfecta asimilación
de los principios difundidos por los antiguos maestros de la escritura.
Seguramente reveló a Gil los principios de la letra bastarda,
así como también debió mostrarle ejemplos de
la letra Grifa, o sea la cursiva de imprenta, que también
había tenido un papel destacado dentro de los antiguos tratados
caligráficos. En realidad, pese a que Francisco de Lucas
ya distinguía en su tratado la letra grifa de la letra bastarda,
también era muy consciente de las similitudes y deudas que
existen entre ambas 10,
por lo que cabe suponer que el propio Palomares pudo también
considerarlas perfectamente complementarias.
A pesar de la dificultad manifiesta
de encasillar estilísticamente los caracteres cursivos de
Gil, lo cierto es que sus referentes parecen mucho más cercanos
a los modelos de la letra grifa, que conocemos por algunos tratados
de caligrafía españoles, que no a cualquier otro antecedente
de origen tipográfico. Un análisis detallado de los
ejemplos de este tipo de letra que aparecen en los tratados de Lucas,
de Casanova o sobre todo de Aznar de Polanco, permite valorar la
posible influencia que estos modelos pudieron ejercer en la concepción
de los caracteres de Jerónimo Gil.
En este sentido, la extraordinaria
similitud existente entre los caracteres grabados por Gil y las
muestras de letra grifa que aparecen en el tratado de Aznar de Polanco
resulta altamente reveladora. Con todo, la opinión de Palomares
sobre el método caligráfico utilizado por Aznar de
Polanco no era excesivamente buena, ya que incluso le acusaba de
ser uno de los principales responsables de la corrupción
que posteriormente afectó a la escritura española:
le recriminaba que “por haberse empeñado en reducir
a reglas geométricas los caracteres antiguos o modernos,
fue causa de que los demás maestros abandonasen las reglas
del arte, y la pusiesen en confusión, introduciendo varias
novedades caprichosas, que corrompieron el carácter magistral
bastardo, y produjeron la letra seudoredonda, que es la que generalmente
se enseña en las escuelas con aplauso de los que ignoran
la serie progresiva de nuestros buenos caracteres” 11.
De hecho, el mismo reproche que servía para enjuiciar la
obra de Aznar de Polanco, para muchos el maestro de la letra bastarda
12,
Palomares también lo hacía extensible para la de Durero,
quien de la misma manera había pretendido reducir las letras
a simples formas geométricas.
No obstante, hay que tener en cuenta
que Jerónimo Gil no era un simple artesano. A diferencia
de lo que era habitual entre los escasos grabadores que se habían
dedicado a esta disciplina, Gil superó una amplia formación
académica: realizó estudios de dibujo y grabado en
la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se convirtió
en un artista altamente valorado. Del inventario de los títulos
que contenía su rica biblioteca, que quedó en Méjico
después de su muerte y que, por cierto, contenía “un
tomo sobre fundición de caracteres de imprenta” 13,
seguramente el Manuel Typographique de Fournier, se descubre
la personalidad de un hombre ilustrado y culto. Por lo tanto, cabría
preguntarse si Gil siguió de forma sistemática las
indicaciones de Palomares, o si, por el contrario, teniendo también
en consideración su fuerte personalidad, aceptó los
consejos del calígrafo pero conservando una cierta independencia
creativa en consonancia con su amplia formación académica
y su contrastada capacidad artística.
De todas formas, más allá
de la provisionalidad de muchas de las conjeturas que aquí
puedan realizarse, fruto del análisis de los materiales documentales
que por el momento se han podido consultar, puede afirmarse que
los caracteres cursivos que Jerónimo Gil grabó para
el obrador de la Real Biblioteca participan de muchas de las características
que definen las formas caligráficas y, en especial, con la
forma más emblemática de escritura española,
la letra bastarda.
El proyecto de formación
del obrador de fundición de la Real Biblioteca fue el resultado
de la primera iniciativa institucional de reunir una colección
de punzones y matrices de producción autóctona, que
pudiera competir en cantidad y calidad con las mejores de Europa.
Asimismo, si reconocemos la vinculación de sus diseños
con la mejor tradición escrituraria nacional, no resultará
nada arriesgado considerar los caracteres de Gil como los más
característicamente “españoles” de toda
nuestra producción tipográfica. De hecho, los posteriores
intentos de recuperación de los modelos tipográficos
del pasado estuvieron casi siempre relacionados con la reivindicación
de la más próspera tradición nacional, como
en el caso de la letra bastarda de Ceferí Gorchs o el gótico
incunable de Eudald Canibell, pero también con la ponderación
de aquellos caracteres tipográficos que se relacionaban con
los mayores logros cosechados por la imprenta española de
la segunda mitad del siglo XVIII.
En los nuevos tipos de letra bastarda
que Ceferí Gorchs presentó en 1888, pese a la buena
voluntad del fundidor catalán, que se lamentaba de “el
abandono en que se dejaba el gallardo carácter de letra cursiva
española, que redondeó y llevó a su mayor grado
de perfección el Sr. Don José de Iturzaeta”,
por lo que “movido por estas ideas, concibió el firmante
la de restaurar, por medio de los tipos móviles de imprenta,
la hermosa letra bastarda española” 14,
lo cierto es que los diseños de su bastarda poco tienen que
ver con la letra bastarda clásica. Se limita a reproducir
los modelos que popularizó el calígrafo José
Francisco de Iturzaeta que, como apunta Cotarelo, contribuyeron
a introducir una letra poco estética “basada en influencias
externas que arruinaron la antigua bastarda y la dejaron sin sustancia”.
15
De la misma manera, la recuperación
de las formas tipográficas relacionadas con las producciones
más notables de nuestra imprenta también ha carecido
casi siempre de una base histórica lo suficientemente sólida.
Esta tendencia debe conectarse casi exclusivamente con la brillante
producción de la época dorada de la imprenta española,
y en especial con la actividad del más afamado de nuestros
impresores de este período, Joaquín Ibarra y Marín.
La comercialización en 1931 de la tipografía Ibarra,
por parte de la Fundición tipográfica Richard Gans,
inició la tendencia incomprensible de otorgar al célebre
impresor zaragozano la paternidad de unos tipos que éste,
como tantos otros impresores, tan sólo empleó en componer
sus bellas páginas, omitiendo cualquier mérito al
auténtico autor de los diseños, en este caso Antonio
Espinosa de los Monteros.
Confiemos en que los varios proyectos que actualmente trabajan en
la recuperación de las tipografías del siglo XVIII,
especialmente las de la Real Biblioteca, tengan en cuenta no sólo
los varios aspectos que condicionaron la concepción de esos
diseños, sino que también sepan atribuir de manera
justa los méritos de su autoría.

10 Martínez
Pereira, op. cit., p. 15.
11 Santiago
Palomares, op. cit., p. II.
12 Barker,
Nicolas, "The art of Writing in Spain", Actas del
XVIII Congreso de la Association Internationale de Bibliophilie,
Madrid, 1993, p. 19.
13 Báez
Macías, Eduardo, Jerónimo Antonio Gil y su traducción
de Gérard Audran, Universidad Nacional de México
/ Instituto de Investigaciones Estéticas, Méjico 2001,
p. 38.
14 Colección
de trazos selectos en los idiomas y dialectos usados en la Península
Ibérica impresa con los nuevos tipos de la Bastarda española,
Barcelona, Imprenta del "Correo Tipográfico", 1888,
p. 7.8.
15 Cotarelo
Mori, op. cit., p. 393.
  

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