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Escuela alemana, siglo XV | 
| | Escuela
alemana, siglos XV y XVI |
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acuerdo con un propósito práctico, podemos definir una letra como
capitular cuando esta sea mayor que las letras de caja alta o baja que la acompañan.
Antes de comenzar su estudio podemos dar un breve
repaso al origen y desarrollo de sus inmediatas predecesoras, las ricas iniciales
ornamentadas de los manuscritos del siglo XV. Los
más antiguos manuscritos romanos que conocemos están escritos con
las letras capitales romanas y rústicas que con el paso del tiempo se transformaron
en unas letras con formas más redondeadas que conocemos como unciales.
En estos manuscritos apenas había espacio entre las palabras y el tamaño
de las letras era uniforme; el aspecto compacto y la regularidad que se obtenía
dotaban a la página escrita de una hermosa dignidad pero, por el contrario,
eran difíciles de leer. Como ayuda a la lectura la letra inicial de cada
párrafo se escribía en el margen con el mismo tamaño que
el texto pero conforme el escriba encontraba más espacio disponible esta
letra inicial iba siendo cada vez más grande y de formas diferentes a las
otras. De este modo, sirviendo a un propósito útil, fue como nacieron
las letras capitulares. Poco
tiempo después se produjo una modificación en el alfabeto, a partir
de una simplificación de las letras unciales, convirtiéndose estas
en semiunciales; esta modificación trajo consigo unas sustanciales ventajas
en cuanto a rapidez de escritura, mayor legibilidad y superior aprovechamiento
del espacio disponible. Fue por
tanto normal que las capitulares romanas cayeran en desuso para el cuerpo de texto,
pero siguieron usándose en titulares, en la primera letra de los nombres
propios y cuando hacía falta enfatizar algo; y en su utilización
para señalar el principio de un párrafo en los libros, coloreadas,
doradas y adornadas, era cuando alcanzaban su mayor grado de elaboración. La
ventaja práctica de destacar los principios de los párrafos debió
ser importante en aquella época, si pensamos, por ejemplo, en los libros
utilizados en los ritos litúrgicos por los monjes en lugares con poca luz
como las iglesias, y la dificultad que entrañaría encontrar un fragmento
determinado. Seguro que una colorida y destacada capitular ayudaría mucho
para reconocerlo y situarlo. Los
primeros impresores imitaron a los calígrafos e iluminadores en el uso
de capitulares y otros detalles de su trabajo. El primer libro que contiene su
fecha de impresión, el famoso Salterio de Fust y Schoeffer de 1457, nos
muestra una gran cantidad de estas letras, concretamente A. W. Pollard las cifra
en 288 además de la gran B que comienza el primer Salmo. Esta letra está
impresa en azul y con un borde interno de color rojo. Fust y Schoeffer poseían
también unas letras capitulares, concretamente la Q y la T de similar belleza
y calidad que la citada B. Indudablemente
existen capitulares, antiguas o modernas, mejor diseñadas y más
bonitas en su conjunto, pero lo que es seguro es que las letras capitulares de
este periodo inicial se pueden describir (teniendo en consideración el
uso de dos colores en su realización) como las más suntuosas y ambiciosas
logradas por medio de la imprenta. De
todas formas el uso no sólo del color y los adornos sino de cualquier tipo
de capitular, sufrió un pequeño declive debido principalmente a
dos razones: el deseo de economizar el coste y la oposición de los iluminadores
y grabadores de piezas xilográficas que veían peligrar su profesión.
Existen evidencias de que la primera de estas razones fue la que tuvo mayor peso:
Gordon Duff nos cuenta como en algunas copias de la primera Biblia fechada, realizada
en 1462 y que lleva la marca de Schoeffer, "se intenta imprimir el color
azul y el rojo en la misma página, pero que aparentemente, y debido a su
laboriosidad, el intento es abandonado. Entonces las letras rojas se imprimen
en su color y las que deben ir en azul son impresas en hueco para posteriormente
ser rellenadas de azul por los iluminadores". Esto nos muestra dos métodos
en conflicto y que no pueden ser armonizados, pero el deseo de los primeros impresores
de editar libros bellos y completos unido a la necesidad de hacer estos de forma
rápida y con una tirada lo más amplia posible les hace evitar complicaciones
y buscar la solución dejando los huecos libres donde los iluminadores insertes
las letras capitulares. Para ello, una practica general fue imprimir la letra
en caja baja en el espacio correspondiente para que sirviera de guía a
los iluminadores menos adiestradosÉ el resultado fue que muchas de estas incongruentes
letras aparecen frecuentemente abandonadas y solitarias en los impresos de la
época. Pero la inserción
de las capitulares por parte de los escribas no solamente fue un método
de poca confianza y un impedimento para que el libro llegara con rapidez del impresor
al público; fue un error desde el punto de vista del oficio, era necesario
encontrar una manera de hacer mejor las cosas. Un libro escrito e impreso parcialmente
pierde su unidad, y la perdida de unidad en un trabajo de arte es un fiasco. De
este modo el intento de usar el color en los libros impresos, basado en un deseo
de emular e incluso imitar los libros manuscritos fue vencido por el tiempo y
esto ocurrió principalmente porque el objetivo fue un error. El
primer impresor de Ausburgo, Gunther Zainer, cuyo su primer libro datado fue impreso
en 1468, tuvo el honor de pertenecer al grupo de impresores que emprendió
el camino correcto. Aún
la aplicación del color a mano tenia un cierto uso y las primeras iniciales
de madera de Zainer eran siluetas de las letras creadas para ser rellenadas de
color por el rubicador, el hombre que se encargaba de añadir al mismo tiempo
los títulos de los capítulos y otras notas. Pero el primer paso
adelante más importante fue que éstas capitulares eran impresas
en negro, lo mismo que el texto. El segundo paso, que supuso un significativo
avance, consistió en rellenar el contorno interno y las zonas que rodean
a la letra con un fondo decorativo en el que a veces añadía una
decoración marginal. Estas letras, aunque destinadas al relleno de color
por parte del rubicador, a veces eran impresas sin el mismo. El tercer y último
paso tuvo lugar cuando los impresores realizaron pequeños ajustes de disposición
en sus diseños que permitieron resaltar el atractivo de estas letras.   

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