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de madera diseñado por William Morris y usado por primera vez en «The
history of Godefrey de Boloyne», 1893 | | |
Nadie mejor que William
Morris para ilustrar el cambio que en el campo de diseño de libros
se produjo a principios del siglo XX. Nacido en Inglaterra en una época
en la cual la calidad de los productos manufacturados era sacrificada en aras
a la inmediatez y al abaratamiento del producto final, Morris fue un hombre polifacético
-poeta, pintor, articulista, fabricante de tejidos y muebles y reformista social.
Sus primeros dos libros «The Defence of Guinevere», 1858, y «Life
and Death of Jason», 1867, fueron impresos y diseñados por el principal
impresor del momento Charles Whittingham y superan claramente a la mayoría
de libros impresos en esa época; pero Morris, como era habitual en él,
no se dio por satisfecho. Volvió su mirada hacia los manuscritos medievales,
los coleccionó e incluso practicó su caligrafía.
Pero no se decantó definitivamente por la imprenta
hasta que escuchó una conferencia que impartió sobre el tema Emery
Walker en la Feria de Artes y Oficios que se celebró en Londres el 15 de
noviembre de 1888. Emery Walker, un gran experto en el oficio de imprimir y no
un diseñador, fue vecino y amigo personal de Morris y ayudó a este
a fundar Kelmscott Press e incluso Morris llegó a plantearle ser socio
de su empresa, pero «apelando a un cierto sentido de la proporción»
como diría más tarde declinó la invitación. No es
necesario describir aquí en qué consistía el trabajo de la
Kelmscott Press. Es bastante conocido que Morris buscaba su inspiración
en la Edad Media, donde encontraba el modelo de esos admirables amanuenses, mientras
que otros creadores, contemporáneos suyos miraban al futuro, pero la influencia
de la Kelmscott Press fue evidente en todas las imprentas de Inglaterra, Europa
y Estados Unidos. Una y otra vez encontramos a individuos que más tarde
serían famosos tipógrafos que encontraron su inspiración
cuando leyeron y sostuvieron en sus manos un ejemplar de la Kelmscott Press. Bibliografía:
-William Morris and the
Art of the Book Con artículos de Paul Needham, Joseph Dunlap
y John Dreyfus Pieport Morgan Library 1976 -American
Book Design and William Morris Susan Otis Thopson Bowker,
New York 1977 - William Morris, Edward Burne-Jones
and the Kelmscott Chaucer Duncan Robinson Gordon Fraser,
Londres 1982 - William Morris, design and enterprise
in Victorian England C. Harvey y J. Press Manchester University
Press 1991 - The Kelmscott Press
William S. Peterson Clarendon Press, Oxford 1991 
Empecé
a imprimir libros con la esperanza de llegar a producir algo que tuviera legítimo
derecho a ser considerado bello siendo al mismo tiempo fácil de leer sin
deslumbrar la vista ni distraer el intelecto del lector por lo singular de las
formas de sus letras. Siempre he sido un gran admirador de la caligrafía
de la Edad Media y por los primeros libros impresos que los reemplazaron. Así
los libros del siglo XV, hermosos simplemente con la tipografía sin el
añadido de ornamentos, posibilitaba que muchos de ellos fueran reproducidos
de forma abundante. Y esa fue la esencia de mi idea, producir libros que fueran
un placer para la vista más que simples piezas impresas. Mirando mi
aventura desde este punto de vista, encontré que era necesario considerar
principalmente las siguientes cosas: El papel, la forma de los tipos, el espaciado
de las letras, las palabras y las líneas y por último la imposición
de la «mancha» en la página. En
el curso de los acontecimientos consideré necesario que el papel fuera
hecho a mano por motivos de durabilidad y apariencia. Seguramente sea un dudoso
ahorro el limitar la calidad del papel por el precio, así que sólo
pensé en las bondades del papel hecho a mano. Con esta idea en la cabeza
llegué a dos conclusiones: la primera que el papel debería ser totalmente
de lino (en la actualidad muchos papeles hechos a mano son de algodón)
y que este debería tener de un grosor apreciable. Y la segunda que el papel
tenía que ser extendido y no-tejido (elaborado en un molde con fibras evidentes)
y que las líneas causadas por estas fibras no fueran demasiado fuertes,
para dotar al papel de una apariencia tensa. Así que me fijé en
la practica de la elaboración de papel en el siglo XV y tomé como
ejemplo un papel boloñés de 1473. Mi amigo Mr. Batchelor, de Kent,
observó mis recomendaciones de una forma satisfactoria y produjo para mí
el excelente papel que aun sigo usando. Lo
próximo eran los tipos de letra. Más por instinto que por una idea
preconcebida me decanté hacia un tipo romano. Lo que buscaba era una letra
de forma pura; severa, sin adornos innecesarios; sólida, sin variaciones
en los trazos, que es el principal fallo de los tipos modernos y que hace que
sean difíciles de leer; que no estuviera lateralmente comprimida, como
todos los tipos más recientes nacidos de las exigencias comerciales. Y
solamente existía un recurso del que tomar ejemplo de la romana perfecta
que estaba buscando, y estos eran los trabajos del gran impresor veneciano del
siglo XV Nicolás Jenson. Estudié el tipo de Jenson con mucha atención,
fotografiándolo a gran escala, y dibujándolo muchas veces antes
de diseñar mi propio tipo. Mi idea era rescatar su esencia y por eso no
quise realizar una mera copia; de hecho mi tipo romano, especialmente en caja
baja, tiende más al gótico que el tipo de Jenson. Después
creí necesario disponer también de un tipo gótico y me fijé
como tarea redimir al tipo gótico de esa carga de ilegibilidad con la que
comúnmente se le asocia. Y me di cuenta de que esta objeción no
se podía oponer a los tipos aparecidos durante las dos primeras décadas
de la imprenta: los tipos de Schoeffer en Mainz, de Mentelin en Estrasburgo o
de Gunther Zainer en Ausburgo, evitaban los trazos terminales puntiagudos y la
comprensión de las letras a que aludían los impresores posteriores.
Solamente los primeros impresores ( que seguían las prácticas de
sus antecesores los amanuenses) hacían un uso muy liberal de las contracciones
y abusaban del uso de las ligaduras, que, por otra parte, eran bien conocidas
para el componedor. Yo evité todas las contracciones excepto para el símbolo
«&» y la mayor parte de las ligaduras, dejando solamente las necesarias.
La letra gótica que diseñé pienso que es tan legible como
cualquier romana e incluso, en honor a la verdad, yo la prefiero a esta. El tipo
es del tamaño llamado «Gran Premier» aunque más tarde,
debido a las necesidades del Chaucer (un libro a dos columnas), me vi en la necesidad
de elaborar un tipo gótico del tamaño «Pica». Los punzones
de todos estos tipos fueron grabados con gran inteligencia y maestría por
Mr. E. P. Prince, siguiendo mis diseños de forma satisfactoria. Y
ahora pasamos al espaciado: Primero, el «ojo» del tipo debe corresponderse
lo más posible con el «cuerpo» del mismo para evitar espacios
blancos entre las letras, y el espacio lateral entre palabras debe ser a) no más
del necesario para distinguir claramente la división entre palabras y,
b) debe ser lo más igualado posible. Los impresores modernos, incluso los
mejores, prestan poca atención a estos dos requisitos esenciales de la
correcta composición y en los trabajos de los menos escrupulosos con el
espaciado aparecen esos horrorosos «ríos» de líneas
corriendo entre las páginas, algo que afea a cualquier impresión
decente. Tercero, el espacio blanco entre las líneas no debe de ser excesivo;
la moderna práctica del interlineado debe de ser usada tan poco como sea
posible y nunca sin una razón de peso, como definir una parte concreta
del impreso. El único interlineado que yo me concedo a mí mismo
es una interlínea fina en mi tipo gótico de tamaño «pica»;
en el Chaucer y en los libros a dos columnas utilizo una interlínea de
«pelo» y ninguna en los libros impresos en «dieciseisavo».
Por último, pero no por ello menos
importante, viene la imposición de la «mancha» en la página.
Se suele siempre dejar el margen de lomo el más estrecho, el de cabeza
más ancho, el de corte aún más ancho y el de pie el más
ancho de todos. Esta regla no se ha abandonado desde los libros medievales, ya
estuvieran manuscritos o impresos, pero los modernos impresores la transgreden
sistemáticamente; hasta tal punto que se produce la contradicción
de que la unidad del libro no sea una página sino dos. Un amigo, el dueño
de una de nuestras más importantes bibliotecas privadas, me dijo que después
de realizar unos cálculos cuidadosos llegó a la conclusión
que en la práctica de la época medieval había una diferencia
de un 20 por ciento de margen a margen. Ahora este asunto del espaciado y la imposición
adquiere una importancia capital en la producción de libros hermosos; si
estas premisas son debidamente tenidas en cuenta harán que un libro impreso
con un tipo ordinario, sea visto de una forma placentera para la vista y, por
el contrario, la omisión de ellas puede echar a perder el efecto del mejor
tipo. Era natural que yo, un decorador de profesión, prestara atención
muy especial a la ornamentación de mis libros; sobre esto tengo que decir
que yo siempre he tenido en mente la necesidad de hacer de la decoración
una parte integrante de la página. Y para esto dispongo de los magníficos
e inimitables grabados de madera que adornan muchos de mis libros y que adornarán
el Chaucer, que se encuentra ahora terminando de dibujar mi amigo Sir Edward Burne-Jones
y que no solamente son una serie de imaginativos y hermosos dibujos sino la más
armoniosa decoración posible que puede llevar un libro impreso.
William Morris
Aims in founding the Kelmscott House, Upper
Mall, Hammersmith, 11 november 1895


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