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de una obra de Erasmo editada por la Merrymount Press | 
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«Si lo que he hecho ha sido suficiente para tener
éxito en el mundo de la imprenta, escribió Updike en 1930, para
responder adecuadamente y contribuir algo a este libro (un libro para reclutas
de los Boy Scouts) no lo puedo afirmar ni negar. Pero si hay una cosa que te puede
animar y puede ser aprendida de lo que he hecho, empezando sin ninguna educación,
sin mucha salud, poco dinero y generalmente con muy poca experiencia en la vida,
es que habiendo sido empujado por necesidad al mundo de la imprenta, que era un
trabajo que detestaba, a base de trabajar e insistir en el lo he llegado a conocer
mejor que muchos hombres y poco a poco superando los obstáculos... me convertí
en impresor por accidente. Y si he sido un buen impresor, y no más,
ha sido por intención y determinación, y ha sido esto lo que ha
conseguido que la imprenta sea hasta tal punto para mí, con una excepción,
la cosa más interesante del mundo.»Updike
escribió algo más tarde un artículo más exacto y divertido
sobre como empezó como botones en Hoghton, Mifflin & Company en Boston
en el año 1880 para después emplearse en la Riverside Press en
Cambridge bajo la dirección de Mr. Mifflin. En
1893 fundó su propia imprenta, primero simplemente por su nombre y más
tarde con el conocido de Merrymount Press. El primer libro realizado en esta imprenta
fue un libro para Misas diseñado para Updike por Bertran Grosvenor Goodhue
imitando al estilo de los realizados por la Kelmscott
Press y utilizando el tipo Merrymount. Goodhue, un arquitecto, también
diseñó el tipo Cheltenham. Aunque
Updike no desarrolló un estilo personal en sus creaciones tipográficas,
sus libros se caracterizaban por su dignidad, elegancia y simplicidad. Una palabra
que usó Frederic Warde fue «alusivo» cuyo significado hace
referencia probablemente al «estilo correspondiente al periodo del texto». El
mismo Frederic Warde en su ensayo sobre Bruce Rogers escribió: «la
tipografía alusiva en sus formas más brillantes y sutiles eran después
de todo una cosa nueva hasta entonces. Uno sospecha que Updike si no la inventó
como poco la desarrolló y la introdujo en los estudios. No hay duda de
la influencia que la Merrymount Press y su brillante director ejerció sobre
Bruce Rogers». Updike fue uno de
esos raros tipógrafos que no sabían dibujar, pero era un perfeccionista
para el cual ningún problema era demasiado grande para no poder resolverlo.
Era además un excelente escritor con un fino sentido del humor, como se
puede observar en su obra clásica Printing Types uno de los más
memorables trabajos que se han escrito sobre tipografía. Nunca
escribió una biografía sobre su persona y su trabajo pero un retrato
convincente sobre él puede trazarse a partir de los escritos de aquellos
que le conocieron y quizás de una forma más personal en la correspondencia
que mantuvo con Stanley Morison, felizmente publicadas en 1980. Las
ediciones de la Merrymount Press El primer trabajo que Updike realizó
como «freelance» fue el Book of Common Prayer y su buena acogida
le permitió fundar su propio estudio inicialmente con la idea de diseñar
tipos pero poco después se convirtió en una imprenta, la Merrymount
Press. El primer libro que salió de la imprenta
fue el Episcopalian Altar Book 1896 y entre sus clientes pronto se encontraron
editores, libreros, clubes de bibliófilos, iglesias e instituciones. El
tipo que Updike eligió para usar en su imprenta fue el de Caslon
y en 1904 Herbert Horne diseñó el tipo Montallegro también
para el uso de la misma. Además de estos dos tipos, también utilizó
Scoth Roman, Janson, Mountjoye y Oxford; Updike fue el primer impresor americano
en utilizar el tipo Times New Roman, diseñado por Stanley
Morison. En 1899 la Merrymount Press fue
comisionada por el editor Charles Scribner & Sons para imprimir las novelas
de Edith Whorton, pero la mayoría de sus trabajos fueron realizados para
coleccionistas privados y clubes de ediciones limitadas. El Book of Common Prayer,
1930, está considerado su trabajo de mayor calidad y fue financiado por
J. Pierpot Morgan y empleó en el mismo el tipo de Jenson. Los
libros que diseñó Updike combinan magistralmente la belleza con
la funcionalidad y son notables por su claridad en la organización, fácil
lecturabilidad y excelente trabajo artesano basado en una paleta restringida de
tipos y una inmaculada impresión. El texto
que os presento a continuación apareció primeramente en el periódico
de Boston Handicraft para más tarde pasar a formar parte de In the day´s
work, un modesto ideario en el que el autor nos muestra su filosofía y
visión del mundo de la imprenta y la tipografía. Nadie
como Daniel B. Updike ha escrito con tanta sensibilidad sobre estos temas. Bibliografía:
- Printing Types:
their history, forms and use. 2 vols. D. B. Updike. Harvard University
Press, 1922 - Updike: American Printer and his Merrymount
Press American Institute of Graphics Arts. New York, 1947 -
Daniel Berkeley Updike and the Merrymount Press
G. P. Winship. New York, 1947 - Stanley
Morison & D. B. Updike, Selected Correspondence Scolar Press. London,
1980 
Entre
las ilustraciones comunes a los libros de tipografía hay una estampa familiar
que es una admirable lección para los modernos impresores, y es la que
muestra el catálogo del impresor Erhard
Ratdolt de Ausburgo fechado en 1486 y en el que exhibe los tipos disponibles
en su taller con los que realizaba sus libros. Allí hay diez tamaños
de letras góticas, tres de romanas y uno de tipos griegos, y con ellos
y el uso de bonitas iniciales él conseguía bellos efectos. Los
libros impresos con esta limitada colección de tipos eran bellos porque
los tipos lo eran y porque las grandes limitaciones de material producían
una moderación y harmonía que dotaba de estilo a la obra. En la
actualidad, ninguna imprenta osaría limitarse con tan pequeño equipamiento.
Del mismo modo, las vitrinas de los libros expuestos
en la King´s Library del British Museum me parecerán, por mucho
tiempo, el más valioso curso de enseñanza tipográfica. Y
el contenido de esas vitrinas, especialmente las que contienen libros italianos,
son educativas en cuanto al estilo más que las otras. De hecho, haciendo
una pequeña digresión, pienso que no se puede estudiar esta espléndida
colección sin reconocer la preeminente excelencia del trabajo italiano
realizado en el siglo XV y primeros años del XVI. Hay
en estos libros un equilibrio, una lucidez y un rigor que supera a los de otras
nacionalidades y una cosa que se hace evidente: están más cerca
de los libros que nosotros conocemos en la actualidad que los libros escritos
con tipos góticos. Estos últimos nos hablan de una época
que para el hombre moderno es una curiosidad arqueológica. Como dijo un
escritor renacentista: «El resto de Europa era libre para rechazar o aceptar
parcial o totalmente el vigoroso impulso procedente de Italia. Donde lo último
fue el caso podríamos prescindir de las quejas sobre una prematura decadencia
de la fe y la civilización medievales y donde estas tuvieran la fuerza
suficiente se mantendrían pero si una de esas naturalezas elegiacas que
ansían por su vuelta pudiesen pasar siquiera una hora en medio de ellos,
darían todo por volver al ambiente moderno», y esto es verdad no
solo en lo que se refiere al pensamiento, sino también a la vida, las artes
y el comercio. Estoy enterado de que esto
no es aceptable para los seguidores de Ruskin (si es que alguien le lee hoy en
día) que cogieron el hábito de aludir al «fétido torrente
del Renacimiento» olvidando que los libros que imprimió Ruskin eran
compuestos con unos tipos que aparecieron en el Renacimiento!, pero esto es una
digresión. Los libros que poseen gran estilo
y elegancia no dependen necesariamente de su antigüedad para poseerlos, y
están más cerca de los libros que conocemos hoy en día que
cualquiera de sus antecesores. Partiendo de esto, puedo establecer el axioma de
que un libro no precisa ser antiguo para tener estilo. Esta verdad evidente es
expresada solo en beneficio de las personas que, poseyendo más conocimiento
que juicio, han trabajado como si pensaran lo contrario. Otra
cualidad que contribuye al estilo es la simplicidad, y aquí otra vez los
libros italianos tienen mucho que enseñarnos. Eran estrictamente simples
dependiendo apenas de unos tipos bonitos, buen papel y una página bien
proporcionada para resultar un producto elegante. Cualquiera puede insertar en
una página una gran letra inicial roja que logre un efecto deslumbrante
momentáneo, pero realizar una agradable y placentera página simplemente
por la proporción de los márgenes, tipos, etc., es algo que requiere
estudio, experiencia y buen gusto. Parece, por tanto, que como alguno de los libros
más bellos carecen de elementos decorativos, el estilo no dependa de la
decoración, sino más bien de la proporción y la simplicidad. A
mi modo de ver los libros italianos del Renacimiento poseen la más alta
calidad de estilo que se ha visto en el mundo, y creo que es posible obtener una
calidad semejante en la actualidad. En este punto debo hacer mención al
trabajo de William
Morris que posee una gran distinción y estilo. Podemos estar de acuerdo
o no sobre las conclusiones a las que él llegó sobre cuales eran
los libros que mejor sirvieran como modelo para la impresión, pero nos
dejó una enseñanza magistral a través del color y efecto
unitario que muestran sus bellas páginas. Él entendió el
estilo en el que trabajaba, sus posibilidades y limitaciones, y usó estas
de modo decorativo. Cómo señalé,
la distinción en la manera de componer los libros no está confinada
a los libros italianos, a la escuela de William Morris ni a ningún grupo
de personas. Los artesanos que perciben el valor de la simplicidad, proporción
y el color han existido a través de las diferentes épocas en todos
los países. Podemos encontrar estas cualidades en muchas de las ediciones
francesas del siglo XVI, los trabajos de los Estienne por ejemplo, y en algunos
de los primeros trabajos alemanes, por más terribles que hayan sido ciertos
periodos en Alemania. Pero si en la actualidad se observa una sonrisa autocomplaciente
del mundo anglosajón al contemplar algunos trabajos de las imprentas del
Continente, debe recordarse que la imprenta inglesa que ahora se encuentra, en
mi opinión, a la cabeza de las mejoras tipográficas, nunca antes
estuvo en esta posición. De hecho la
imprenta inglesa nunca presentó un ejemplo de estilo interesante o valioso
en los últimos ciento cincuenta años, y esta afirmación,
que yo tal vez dudaría en dejarla sin respaldar, encuentra un feliz apoyo
en las palabras de Alfred Pollard, que observa: «Es fácil impresionarse
con la inferioridad de los libros ingleses y sus complementos como la encuadernación
y la ilustración respecto a los realizados en el Continente. Comparar los
libros impresos por Caxton con los mejores trabajos de sus contemporáneos
alemanes o italianos, comparar los libros encuadernados para Enrique, Príncipe
de Gales, con los encuadernados para los Reyes de Francia, intentar encontrar
una docena siquiera de libros ingleses impresos antes de 1640 con grabados xilográficos
(no importados) de algún mérito artístico real, si hay alguien
interesado en reforzar su modestia nacional, aquí tiene tres métodos
eficaces para hacerlo... Y si me preguntan en que periodo la imprenta inglesa
ha tenido la eventual primacía que reclamo para nuestros exponentes de
todas las artes relacionadas con el libro, yo osaría decir que esta primacía
la podemos encontrar en la época actual.» De
nuevo una «forma de hacer» puede ser usada con encanto, quiero decir
con esto una variante local de un estilo que consiga crear una asociación
literaria e histórica propia. Lo que llamamos imprenta colonial (o Georgiana)
no es más que una interpretación (a menudo una exageración)
de ciertos rasgos de la imprenta inglesa de los siglos XVII y XVIII. Es adecuado
para reimpresiones al estilo antiguo o para un trabajo comercial destinado a describir
o vender productos antiguos, aunque ha sido frecuentemente usado como si tuviera
una belleza independiente de su fin. El «colonialismo» se puede encontrar
en las cestas de flores aumentadas a escala de ilustraciones gigantescas para
libros populares y yo renegaría de cualquier participación en esta
«tumultuosa ornamentación». Con todo la tipografía colonial
a veces poseía estilo, pero ha de recordarse que el estilo resultante de
manejar las proporciones y la simplicidad es más fácil encontrarlo
en obras de un manierismo menos acentuado y con menos decoración. Suprimiendo
las singulares características y la ornamentación de la imprenta
«colonial» realmente queda muy poco para considerarlo un estilo. La
excelencia de cualquier estilo parece consistir en su fuerza para existir sin
semejantes añadidos y así, cuanto mejor es el estilo menos dependiente
es de florituras y fantasías. Pero
la ornamentación es, a veces, necesaria y en este caso se convierte obviamente
en un elemento de gusto individual. Nuevamente aquí los primeros libros
italianos y franceses muestran que con unos pocos ornamentos bien escogidos, apenas
los suficientes para dar un aire de modesto lujo, se puede obtener el mejor efecto
de elegancia. En todas las escuelas de ornamentación también hay
obras específicas que por su gracia y discreción, poseen la misma
feliz combinación de estilo y elegancia. Muchos libros modernos tienen
portadas ornamentadas que poseen estas cualidades en un alto grado, enseñándonos
que la introducción de un buen pequeño ornamento añade sobre
todo el conjunto del libro en el cual es empleado una luz de lujo y gracia. Los
primeros impresores en muchas de sus bellas marcas, captaron esta idea. Los ornamentos
mal concebidos y el abuso de los «buenos ornamentos» se han vuelto
algo tan común que uno está tentado en pensar que el arte de la
decoración es el arte de omitirlos. Finalmente,
si toda obra refleja la vida de la época en la que ha sido realizada, la
vida actual, agitada y compleja puede reflejarse en nuestro trabajo en la pérdida
de calma y simplicidad. Una exageración exenta de gusto o el deseo de superar
a nuestro colega en efectos deslumbrantes, ejemplificados en algunas ediciones
americanas, posiblemente tengan su origen en las características negativas
de la vida americana. Pero, por otro lado, el interés en variar los estilos
de trabajo y la amplia aceptación de ellos para los propósitos del
impresor es un rasgo positivo del desarrollo industrial actual y una característica
también de nuestra época y país. Sería
vano esperar en el arte de la imprenta la harmonía que no encontramos en
la arquitectura, pintura o literatura actual. Debemos reconocer esta falta nos
guste o no. En vez de desear que fuera diferente es mejor aceptarla y sacar de
ella el máximo provecho. En conclusión,
el estilo en tipografía no reside permanentemente en una forma de trabajar,
sino en los principios en los que están basados las diferentes formas de
trabajar. Y tenemos que estar agradecidos que últimamente las cosas están
tornando en la dirección de una gran simplicidad, mayor discreción
y menos ornamentación. Y como el tipógrafo
está más y más privado de ayudas fortuitas, se encontrará
cara a cara con los principios fundamentales de estilo que han marcado el trabajo
de los grandes impresores del pasado; como deben marcar aquellos que quedan por
venir.
D. B. Updike
In the Day´s Work
Harvard University Press, 1924


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